Niño hablando con su madre sobre el colegio y sus emociones con Lumo

Mi hijo no me cuenta nada del colegio: 7 formas de ayudarle a hablar sin interrogarle

“¿Qué tal el cole?”

“Bien.”

“¿Qué has hecho hoy?”

“Nada.”

“¿Con quién has jugado?”

“No sé.”

Si esta conversación se repite prácticamente todos los días en casa, es fácil empezar a preocuparse. Queremos saber cómo está nuestro hijo, si se siente bien en clase, si juega con otros niños, si algo le preocupa o si ha ocurrido algo importante. Y cuanto menos nos cuenta, más preguntas hacemos intentando conseguir alguna pista.

Sin embargo, que un niño no cuente espontáneamente lo que ha sucedido en el colegio no significa necesariamente que no quiera comunicarse con nosotros, que no confíe en nosotros o que esté ocultando algo.

A veces, simplemente, no sabe por dónde empezar.

Después de varias horas en el colegio ha vivido muchísimas pequeñas experiencias: ha escuchado, jugado, aprendido, esperado turnos, resuelto conflictos, seguido instrucciones, sentido emociones, hablado con compañeros y afrontado pequeñas frustraciones.

Y cuando llega a casa y escucha:

“¿Qué tal el cole?”

le estamos pidiendo que resuma todo ese universo en una respuesta.

Por eso aparece el famoso:

“Bien.”

Y no necesariamente hay nada malo detrás.

La clave no está en conseguir que nuestro hijo nos cuente absolutamente todo. Está en crear una relación en la que sienta que puede hablar cuando lo necesite, sin sentirse examinado, presionado o juzgado.

¿Por qué algunos niños cuentan tan poco sobre el colegio?

Cada niño tiene una manera diferente de procesar lo que vive.

Hay niños que salen por la puerta del colegio hablando sin parar. En cinco minutos sabemos qué han comido, quién se ha sentado a su lado, quién ha llorado, qué ha dicho el profesor y hasta quién ha perdido un lápiz.

Otros necesitan mucho más tiempo.

Y ambas formas pueden ser completamente normales.

Especialmente en los niños más pequeños, todavía se están desarrollando habilidades necesarias para construir un relato organizado: recordar acontecimientos, seleccionar qué es importante, ordenar lo sucedido y encontrar las palabras adecuadas para explicarlo.

También debemos tener en cuenta el momento en el que preguntamos.

Imaginemos a un niño que acaba de pasar varias horas intentando adaptarse a las exigencias del entorno escolar.

Sale del colegio.

Nos ve.

Y antes casi de darle un abrazo recibe:

“¿Qué tal?”

“¿Qué has hecho?”

“¿Has comido?”

“¿Con quién has jugado?”

“¿Te ha dicho algo la profesora?”

“¿Has llorado?”

Puede sentir que acaba de empezar otro examen.

Algunos niños necesitan primero merendar, moverse, jugar, descansar o simplemente disfrutar de nuestra presencia.

La conversación puede llegar después.

Y cuando respetamos ese espacio, muchas veces ocurre algo curioso: empiezan a contar cosas cuando dejamos de preguntar.

Mientras se bañan.

En el coche.

Preparando la cena.

Jugando.

O justo cuando deberían estar durmiendo y de repente recuerdan todo lo sucedido durante las últimas ocho horas.

Porque los niños suelen hablar mejor cuando sienten conexión, no cuando sienten presión.

1. Cambia “¿qué tal el cole?” por preguntas pequeñas

“¿Qué tal el cole?” es una pregunta demasiado amplia.

Podemos facilitarle mucho la respuesta si preguntamos por momentos concretos.

En lugar de:

“¿Qué has hecho hoy?”

podemos probar:

“¿Qué ha sido lo más divertido de hoy?”

“¿Ha pasado algo que te haya sorprendido?”

“¿Con quién has jugado en el recreo?”

“¿Ha habido algún momento un poquito difícil?”

“¿Qué actividad repetirías mañana?”

“¿Qué momento del día te gustaría borrar si pudieras?”

Las preguntas concretas ayudan al niño a dirigir su atención hacia una experiencia determinada y facilitan el recuerdo.

Pero hay algo importante: no tenemos que hacerlas todas.

Una pregunta puede abrir una conversación.

Siete preguntas consecutivas pueden convertirla otra vez en un interrogatorio.

2. No preguntes nada nada más salir del colegio

Puede parecer contradictorio, pero una de las mejores maneras de conseguir que nuestro hijo nos cuente cosas es no pedirle que las cuente inmediatamente.

Primero podemos recibirle.

Una sonrisa.

Un abrazo si lo quiere.

Un:

“Qué ganas tenía de verte.”

Y seguimos caminando.

Ese pequeño momento transmite algo muy importante:

“Me alegro de verte por quien eres, no por la información que vas a darme.”

Después podemos observar.

Quizá viene especialmente contento.

Quizá está agotado.

Quizá necesita contacto.

Quizá quiere correr.

Quizá está irritable.

Su comportamiento también nos proporciona información sobre cómo llega emocionalmente.

Cuando haya recuperado un poco de calma y conexión, será más fácil conversar.

3. Cuéntale tú algo de tu día

La comunicación no debería funcionar únicamente en una dirección.

Si queremos que los niños aprendan a compartir sus experiencias, podemos enseñarles cómo se hace.

En lugar de preguntar inmediatamente:

“¿Qué te ha pasado hoy?”

podemos empezar nosotros:

“Hoy me he equivocado haciendo una cosa y me he frustrado un poquito.”

“Hoy alguien me ha dicho algo que me ha hecho mucha gracia.”

“Esta mañana estaba nerviosa porque tenía que hacer algo importante.”

No necesitamos contarles nuestros problemas de adultos. Se trata simplemente de modelar una comunicación emocional adecuada a su edad.

Además, cuando un adulto habla de una emoción con naturalidad, transmite que sentir y hablar de lo que sentimos forma parte de la vida cotidiana.

Y muchas veces el niño responde:

“Pues a mí hoy también me ha pasado…”

Ahí empieza la conversación sin necesidad de interrogatorio.

4. Utiliza el juego para descubrir cómo ha vivido su día

Los niños no siempre cuentan lo que sienten mediante una conversación directa.

Muchas veces lo expresan jugando.

Un muñeco que no quiere entrar al colegio.

Otro que se enfada porque nadie quiere jugar con él.

Una profesora imaginaria que riñe constantemente.

Un personaje que tiene miedo.

No significa que todo lo que aparezca en el juego haya ocurrido literalmente. El juego infantil mezcla experiencias, imaginación, deseos, preocupaciones y situaciones observadas.

Por eso no debemos interpretar cada escena como una confesión.

Pero sí podemos observar.

Y, sobre todo, podemos participar sin dirigir constantemente.

En ocasiones, jugando aparece una conversación que nunca habría surgido delante de la pregunta:

“¿Te ha pasado algo en el colegio?”

5. Pregunta por emociones, no solamente por acontecimientos

Cuando preguntamos por el colegio solemos buscar hechos.

¿Qué has hecho?

¿Con quién has jugado?

¿Qué has comido?

¿Qué deberes tienes?

Pero también podemos interesarnos por cómo se ha sentido.

Y aquí aparece una de las herramientas que utilizamos en Aprende con LUMO.

Para un niño puede resultar difícil responder:

“¿Cómo te has sentido hoy?”

Porque “sentirse” sigue siendo un concepto bastante abstracto.

Por eso podemos hacerlo visible.

Podemos colocar delante del niño los diferentes peluches emocionales de LUMO y preguntarle:

“Si tuvieras que elegir un Lumo para contarme cómo ha sido tu día, ¿cuál escogerías?”

Quizá elija alegría.

Quizá miedo.

Quizá enfado.

O puede elegir dos.

Y entonces podemos preguntar:

“¿Cuándo apareció este Lumo?”

Ya no estamos preguntando directamente:

“¿Por qué estabas enfadado?”

Estamos utilizando un personaje como puente.

Esto puede facilitar que el niño empiece a relacionar situación + emoción + sensación corporal + necesidad.

Por ejemplo:

“Elegí al Lumo del enfado porque quería seguir jugando y se terminó el recreo.”

Parece una conversación sencilla, pero detrás hay un aprendizaje emocional enorme.

El niño está empezando a comprender:

qué ocurrió → qué sintió → por qué apareció esa emoción.

Ese es uno de los pilares de la educación emocional.

6. Escucha sin intentar solucionarlo inmediatamente

Esta parte puede ser especialmente difícil para los adultos.

Después de varios días intentando que nuestro hijo nos cuente algo, finalmente dice:

“Hoy nadie quería jugar conmigo.”

Y automáticamente queremos actuar.

“¿Quién?”

“¿Por qué?”

“¿Qué te han hecho?”

“Mañana hablo con la profesora.”

“Pues tú juega con otro niño.”

Pero quizá en ese momento nuestro hijo todavía no necesita una solución.

Necesita sentirse escuchado.

Podemos empezar simplemente con:

“Vaya… parece que eso te ha puesto triste.”

Y esperar.

El silencio también forma parte de una conversación.

Quizá después añada:

“Pero luego vino Marcos.”

Y descubrimos que la situación se resolvió.

Cuando reaccionamos inmediatamente con alarma, el niño puede aprender que contarnos determinadas cosas genera una respuesta enorme por nuestra parte.

Y la próxima vez quizá prefiera no hacerlo.

Escuchar primero nos permite comprender mejor qué ocurrió realmente y qué necesita el niño de nosotros.

Después, si la situación requiere intervención, por supuesto actuaremos.

Acompañar emocionalmente nunca significa ignorar señales importantes.

7. Crea un pequeño ritual para hablar del día

No necesitamos sentarnos durante media hora cada tarde a hablar sobre emociones.

A veces funcionan muchísimo mejor cinco minutos de conexión cotidiana.

Podemos crear nuestro propio ritual familiar.

Durante la cena, antes de dormir o mientras preparamos la mochila del día siguiente, cada persona puede compartir:

Una cosa que me ha gustado hoy.

Una cosa que me ha resultado difícil.

Una emoción que ha aparecido.

Los adultos también participan.

No interrogamos al niño.

Compartimos todos.

Con LUMO podemos convertirlo incluso en un pequeño juego.

El niño puede escoger el peluche que represente la emoción más presente durante su día.

Hoy quizá aparece Alegría.

Mañana Enfado.

Otro día Miedo.

Y algunos días puede decir:

“Hoy no quiero elegir ninguno.”

También debemos poder respetarlo.

Porque educar emocionalmente no consiste en obligar al niño a hablar de sus emociones.

Consiste en enseñarle que cuando quiera hacerlo existe un lugar seguro donde serán escuchadas.

Nuestro objetivo no es que nos lo cuente todo

Esta idea es especialmente importante.

Como padres queremos saber qué ocurre en la vida de nuestros hijos porque queremos protegerlos.

Es natural.

Pero construir confianza no significa conseguir acceso inmediato a todos sus pensamientos.

La confianza se construye en pequeños momentos.

Cuando cuenta algo y no le juzgamos.

Cuando reconoce un error y puede hablar de él.

Cuando está enfadado y seguimos disponibles.

Cuando nos dice algo incómodo y conseguimos escuchar antes de reaccionar.

Cuando no quiere hablar y respetamos su espacio.

Así aprende:

“Puedo contar cosas en casa.”

“Mis emociones no molestan.”

“Si algo me preocupa, puedo pedir ayuda.”

Y ese aprendizaje es mucho más valioso que conseguir una respuesta completa cada tarde a la pregunta “¿qué tal el cole?”.

También debemos observar más allá de las palabras.

Si un niño que normalmente acudía tranquilo al colegio comienza de forma persistente a rechazarlo, presenta cambios importantes de comportamiento, expresa miedo intenso hacia una persona o situación concreta, tiene molestias físicas frecuentes relacionadas con la asistencia o observamos un malestar significativo que se mantiene en el tiempo, no debemos reducirlo simplemente a que “no quiere contar nada”.

En esos casos será importante hablar con el centro educativo y valorar qué puede estar ocurriendo.

Pero en el día a día, muchas veces el primer paso es mucho más sencillo.

Menos preguntas.

Más conexión.

Más momentos compartidos.

Más juego.

Más escucha.

Y recursos que permitan al niño expresar aquello para lo que todavía no encuentra palabras.

En Aprende con LUMO, los peluches emocionales nacen precisamente con esa intención: ayudar a transformar las emociones en algo visible, cercano y comprensible para el niño.

Porque quizás hoy nuestro hijo no responda cuando le preguntamos:

“¿Cómo te has sentido en el colegio?”

Pero puede mirar los Lumos, coger uno entre sus manos y decir:

“Hoy me he sentido como este.”

Y quizá esa pequeña frase sea el comienzo de una conversación muchísimo más importante.

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