Mi hijo no sabe decir lo que siente: cómo ayudarle a poner nombre a sus emociones

“¿Qué te pasa?”

“Nada.”

“Pero estás enfadado.”

“No sé.”

“¿Estás triste?”

“¡Que no sé!”

A muchas familias les ocurre. Ven claramente que a su hijo le pasa algo: está más callado, contesta mal, llora, se enfada por cualquier cosa o parece especialmente sensible, pero cuando intentan preguntarle qué siente, no sabe explicarlo.

Y esto puede resultar desconcertante. Desde nuestra mirada adulta pensamos: “Si está enfadado, ¿por qué no dice simplemente que está enfadado?”. Pero reconocer una emoción, diferenciarla de otras y encontrar las palabras para comunicarla es una habilidad compleja que se aprende y se desarrolla poco a poco durante la infancia.

Los niños no nacen sabiendo que esa presión que sienten en el pecho se llama miedo, que las ganas de llorar después de quedarse fuera de un juego pueden ser tristeza o que esa sensación tan intensa cuando otro consigue algo que ellos querían puede estar relacionada con la envidia. Primero sienten. Después, con ayuda de los adultos y muchas experiencias, empiezan a comprender qué significa aquello que ocurre dentro de ellos.

Por eso, cuando un niño responde “no sé” a la pregunta “¿qué te pasa?”, no siempre está evitando hablar. Muchas veces realmente todavía no sabe qué le pasa.

Y ahí comienza una parte fundamental de la educación emocional: ayudarle a transformar una sensación confusa en algo que pueda reconocer, nombrar y expresar.

Antes de saber gestionar una emoción, necesita reconocerla

A veces hablamos mucho de enseñar a los niños a gestionar sus emociones. Queremos que respiren cuando están enfadados, que se tranquilicen cuando tienen miedo o que sepan pedir ayuda cuando están tristes.

Pero hay un paso anterior que no podemos saltarnos.

¿Qué emoción estoy sintiendo?

Si un niño no sabe identificar lo que le ocurre, será mucho más difícil que pueda decidir qué necesita hacer con ello.

Imaginemos que llega del colegio, tira la mochila al suelo y contesta mal cuando le preguntamos cómo le ha ido. Podemos interpretar que está enfadado. Sin embargo, quizá realmente está triste porque un amigo no ha querido jugar con él. O avergonzado porque se ha equivocado delante de la clase. O cansado después de un día lleno de estímulos.

La conducta que vemos desde fuera no siempre nos dice exactamente qué está ocurriendo por dentro.

Por eso la educación emocional no consiste en decirle al niño constantemente qué siente, sino en ayudarle a investigar su propia experiencia.

En lugar de afirmar:

“Estás enfadado.”

podemos probar:

“Parece que ha pasado algo que te ha molestado.”

O:

“Te veo diferente. ¿Crees que puede haber aparecido enfado, tristeza o quizá otra emoción?”

Le ofrecemos posibilidades sin decidir por él.

Con el tiempo podrá empezar a responder:

“Creo que estoy enfadado.”

Más adelante:

“Estoy enfadado porque quería seguir jugando.”

Y llegará un momento en el que incluso pueda diferenciar:

“Pensaba que estaba enfadado, pero en realidad me ha dado vergüenza.”

Ese nivel de conciencia emocional no aparece de un día para otro. Se construye.

El cuerpo suele saberlo antes que las palabras

Antes de que un niño pueda decir “tengo miedo”, su cuerpo ya está reaccionando.

Puede notar la barriga apretada, el corazón más rápido, ganas de esconderse o necesidad de acercarse a nosotros.

Antes de decir “estoy enfadado”, quizá aprieta las manos, frunce el ceño, eleva la voz o siente calor.

Cuando aparece tristeza puede notar pocas ganas de hacer cosas, presión en la garganta o ganas de llorar. Y cuando está calmado quizá perciba su respiración más lenta y el cuerpo relajado.

Por eso una buena forma de enseñar emociones no es empezar únicamente preguntando:

“¿Cómo te sientes?”

Podemos comenzar por algo mucho más concreto:

“¿Qué notas en tu cuerpo?”

“¿Tu barriga está tranquila o apretada?”

“¿Tus manos quieren estar quietas o tienen ganas de apretar?”

“¿Tu corazón va rápido o despacio?”

Para los niños pequeños, hablar del cuerpo suele ser bastante más fácil que hablar de conceptos emocionales abstractos.

Poco a poco podemos unir ambas cosas:

“Cuando tu corazón iba rápido y querías esconderte, apareció miedo.”

“Cuando apretaste las manos porque tu hermano cogió tu juguete, apareció enfado.”

Así el niño empieza a construir conexiones entre situación + cuerpo + emoción.

Y esas conexiones serán fundamentales para que algún día pueda reconocer una emoción antes de que sea tan intensa que termine explotando.

“¿Cómo te sientes?” puede ser una pregunta demasiado difícil

A veces hacemos preguntas muy abiertas esperando respuestas que el niño todavía no sabe construir.

“¿Cómo te sientes?”

“¿Qué te pasa?”

“¿Por qué estás así?”

Para nosotros parecen preguntas sencillas. Para un niño pueden ser enormes.

Podemos hacerlas más concretas.

En lugar de:

“¿Qué te pasa?”

podemos decir:

“He visto que cuando hemos tenido que irnos del parque te has puesto muy serio. ¿Te ha dado rabia tener que marcharte?”

O:

“Cuando no te han elegido para el equipo, ¿has sentido más tristeza o más enfado?”

No estamos haciendo un examen de emociones. Estamos ofreciéndole lenguaje.

Con los más pequeños incluso podemos utilizar ejemplos:

“¿Es una emoción que te da ganas de llorar?”

“¿Te entraban ganas de gritar?”

“¿Querías irte de allí?”

“¿Necesitabas un abrazo o preferías estar solo?”

Cuantas más palabras emocionales tenga disponibles, más fácil será que pueda expresar experiencias cada vez más complejas.

Porque al principio quizá todo sea:

“Estoy mal.”

Después aprenderá:

“Estoy triste.”

Y más adelante podrá decir:

“Estoy decepcionado porque pensaba que íbamos a ir y al final no podemos.”

Eso es alfabetización emocional.

LUMO: convertir lo que siente en algo que puede ver y tocar

Aquí es donde la metodología de Aprende con LUMO cobra especialmente sentido.

Para un niño pequeño, una emoción es algo invisible. Ocurre dentro del cuerpo, cambia rápidamente y puede resultar difícil de comprender. Los distintos Lumos permiten convertir esas emociones en algo más concreto: un personaje, un color y una emoción que el niño puede observar, tocar y elegir.

En lugar de preguntarle únicamente:

“¿Cómo te sientes?”

podemos colocar varios peluches delante y preguntar:

“¿Qué Lumo se parece más a lo que estás sintiendo ahora?”

Quizá escoja al Lumo del Enfado, con su sol naranja.

O al Lumo del Miedo, con su sol morado.

Quizá se acerque al Lumo de la Tristeza, azul.

O descubra que lo que necesita es la Calma, representada por el Lumo de color verde.

Incluso puede ocurrir algo todavía más interesante:

que elija dos.

Y eso nos permite enseñarle que podemos sentir varias emociones al mismo tiempo.

“Estoy contento porque voy de excursión, pero también tengo miedo porque nunca he dormido fuera.”

“Quiero mucho a mi hermano, pero estoy enfadado porque ha cogido mis cosas.”

“Me alegro de que mi amigo haya ganado, pero también me da un poco de envidia porque yo quería ganar.”

La vida emocional rara vez está formada por una única emoción perfectamente ordenada. Poder ver varios Lumos delante ayuda al niño a comprender esa complejidad de una forma mucho más accesible.

El peluche no le dice qué tiene que sentir. Le ayuda a encontrar palabras para descubrirlo.

No necesitamos corregir todas sus emociones

Supongamos que preguntamos:

“¿Qué Lumo ha aparecido?”

Y el niño responde:

“Estoy enfadado contigo porque no me has comprado el juguete.”

Nuestra reacción puede ser intentar justificar inmediatamente nuestra decisión:

“Pero es que tienes muchísimos juguetes.”

Quizá sea cierto. Pero estamos mezclando dos conversaciones diferentes.

Una cosa es la emoción.

Otra, el límite.

Podemos responder:

“Entiendo. Querías mucho ese juguete y te has enfadado porque te he dicho que no.”

Y mantener exactamente el mismo límite:

“No vamos a comprarlo.”

Validar una emoción no significa cambiar nuestra decisión.

Esto es importantísimo porque el niño aprende:

“Puedo decir lo que siento aunque el adulto no haga lo que quiero.”

Y también:

“Mis emociones pueden ser escuchadas sin que tenga que gritar para demostrar que existen.”

Cuanto más espacio damos al lenguaje emocional, menos necesidad habrá —con tiempo y maduración— de expresar todo únicamente mediante la conducta.

Hablar de emociones no debería ocurrir solo cuando hay un problema

Si solamente preguntamos por las emociones cuando el niño está llorando, gritando o ha hecho algo que no debe, puede empezar a asociar hablar de sentimientos con momentos difíciles.

Podemos integrar las emociones en la vida cotidiana de una forma mucho más natural.

Mientras vemos un cuento:

“¿Qué crees que está sintiendo este personaje?”

Cuando nosotros tenemos un pequeño contratiempo:

“Me ha dado rabia que se rompiera esto. Voy a intentarlo otra vez.”

Cuando ocurre algo agradable:

“Estoy muy contenta porque tenía ganas de verte.”

O cuando dudamos:

“Estoy un poco nerviosa porque tengo una reunión importante.”

Los adultos somos uno de sus principales modelos de lenguaje emocional.

Eso no significa compartir con ellos preocupaciones adultas que no les corresponden. Significa mostrar que las emociones tienen nombres y se pueden expresar con naturalidad.

También podemos utilizar a Lumo fuera de los conflictos. Por ejemplo, al final del día podemos preguntar:

“¿Qué Lumo ha aparecido mucho hoy?”

Quizá el niño diga alegría porque ha jugado con sus amigos.

Después recuerde miedo porque tenía que hablar delante de la clase.

Y termine escogiendo calma porque ahora está en casa.

En unos minutos estamos enseñándole algo muy importante: las emociones aparecen, cambian y se van transformando a lo largo del día.

No somos “un niño enfadado” o “una niña triste”.

Sentimos enfado.

Sentimos tristeza.

Y después pueden llegar otras emociones.

Evitemos convertir el aprendizaje emocional en un interrogatorio

En educación emocional también podemos pasarnos.

Si cada vez que ocurre algo empezamos con:

“¿Qué sientes?”

“¿Dónde lo sientes?”

“¿Qué emoción es?”

“¿Qué te quiere decir?”

el niño puede terminar agotado de hablar de emociones.

Hay momentos en los que necesita palabras y otros en los que simplemente necesita jugar, descansar o estar acompañado.

Podemos observar sus señales.

Quizá después de un enfado no quiere hablar. Podemos decir:

“Cuando quieras podemos pensar juntos qué pasó.”

Y dejarlo ahí.

A veces la conversación llegará esa misma tarde. O durante el baño. O cuando esté abrazado a uno de los Lumos antes de dormir.

La educación emocional no necesita convertirse en una lección formal. Muchas de las conversaciones más importantes aparecen precisamente en momentos cotidianos.

“No sé” también es una respuesta válida

Puede que llevemos meses trabajando emociones y nuestro hijo siga respondiendo:

“No sé.”

No pasa nada.

Podemos decir:

“Está bien no saberlo todavía. Vamos a descubrirlo.”

Quizá podamos ayudarle pensando en lo que ocurrió:

“Estabas jugando.”

“Te dijeron que había que guardar.”

“Entonces empezaste a gritar.”

“Tu cuerpo estaba muy tenso.”

“¿Crees que podría haber aparecido enfado porque querías seguir jugando?”

Con el tiempo necesitará menos ayuda.

Al principio nosotros ponemos muchas palabras.

Después él empieza a escogerlas.

Y finalmente podrá utilizarlas sin nuestra intervención.

Ese es el objetivo: que algo que comenzó siendo una herramienta externa vaya convirtiéndose poco a poco en una habilidad propia.

¿Y si nunca quiere hablar de lo que siente?

Cada niño tiene un temperamento diferente. Algunos cuentan absolutamente todo lo que ocurre y otros necesitan mucho más tiempo para expresar su mundo interno.

No debemos obligarles a hablar.

Podemos crear oportunidades, ofrecer lenguaje y mostrar disponibilidad.

Sin embargo, si observamos que un niño tiene muchísimas dificultades para reconocer cualquier emoción, sus explosiones son muy intensas y frecuentes, el malestar afecta de forma importante a su vida diaria o existen dificultades significativas para comunicar lo que necesita en distintos entornos, puede ser recomendable consultarlo con un profesional para comprender mejor qué ocurre.

No porque un niño tenga que saber expresar perfectamente todas sus emociones. Incluso a muchos adultos nos cuesta.

Lo importante es observar su evolución y ofrecerle herramientas acordes a su edad y necesidades.

No queremos que aprenda una lista de emociones

El objetivo no es que un niño sea capaz de recitar:

“Alegría, tristeza, miedo, enfado, calma…”

Eso puede aprenderse de memoria.

La verdadera educación emocional ocurre cuando puede utilizar ese conocimiento en su propia vida.

Cuando pasa de:

“¡Déjame!”

a:

“Estoy enfadado.”

Cuando puede decir:

“No quiero entrar porque me da miedo.”

Cuando descubre:

“Pensaba que estaba enfadado, pero estoy triste porque mi amigo se ha ido.”

O cuando un día se acerca a uno de sus Lumos y, sin que nadie le pregunte, dice:

“Hoy me siento así.”

Ahí estamos construyendo algo mucho más profundo que vocabulario.

Estamos enseñándole a mirar hacia dentro, reconocer las señales de su cuerpo, comprender qué le está ocurriendo y encontrar una forma segura de comunicarlo.

Porque los niños no necesitan aprender a esconder aquello que sienten para comportarse bien.

Necesitan aprender a comprenderlo para poder expresarlo de una manera cada vez más saludable.

Y quizá una de las cosas más valiosas que podemos enseñarles desde pequeños sea precisamente esta:

Lo que sientes tiene un nombre. Puedes aprender a reconocerlo. Y puedes contarlo.

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