“Yo no sé hacerlo”, “seguro que me sale mal”, “él lo hace mejor que yo”, “no quiero intentarlo”. Son frases que muchos padres escuchan alguna vez y que suelen despertar una preocupación bastante inmediata: “¿Tendrá baja autoestima?”, “¿estaré haciendo algo mal?”, “¿cómo puedo ayudarle a confiar más en sí mismo?”.
La autoestima infantil no se construye diciéndole a un niño todos los días que es maravilloso, inteligente o el mejor. Evidentemente, sentirse querido y valorado es fundamental, pero la autoestima va mucho más allá. Se va formando poco a poco, a través de las experiencias que vive, de cómo reaccionamos los adultos cuando se equivoca, de la autonomía que le permitimos tener y de la manera en la que aprende a interpretar sus propios errores.
Un niño con una autoestima sana no es un niño que piensa que todo se le da bien. Tampoco es necesariamente el más sociable, el que más habla, el que saca mejores notas o el que parece más seguro delante de los demás. Puede ser tímido, prudente, tener miedo algunas veces o frustrarse muchísimo cuando algo no le sale. La diferencia está en que esas dificultades no terminan convirtiéndose en una definición de quién es.
No es lo mismo pensar “esto me cuesta” que pensar “soy malo”. No es lo mismo decir “me he equivocado” que “soy tonto”. Y buena parte del trabajo que hacemos durante la infancia consiste precisamente en ayudar al niño a separar lo que le ocurre de lo que él cree que es.
La autoestima empieza en cosas mucho más pequeñas de lo que pensamos
Imagina una mañana cualquiera. Tu hijo intenta ponerse los zapatos y no puede. Lo intenta una vez, se enfada, tira del velcro, vuelve a intentarlo y tú miras el reloj porque vais tarde. Lo más sencillo es decir: “Venga, dame, que te los pongo yo”.
Y no pasa absolutamente nada por ayudarle un día. El problema aparece cuando resolvemos constantemente todo aquello que al niño le cuesta. Sin darnos cuenta, podemos estar evitando algo que necesita vivir muchas veces: la experiencia de enfrentarse a una dificultad, insistir un poco y descubrir que finalmente puede hacerlo.
Ese “me ha costado, pero pude” construye muchísimo más la confianza que repetirle veinte veces “eres increíble”.
La autoestima también se construye cuando se sirve agua, cuando intenta abrocharse una chaqueta, cuando pregunta algo en una tienda, cuando monta una construcción que se cae tres veces, cuando aprende a montar en bicicleta, cuando recoge sus cosas o cuando se enfrenta a algo que al principio le daba vergüenza. Cada una de esas experiencias va dejando un pequeño mensaje interior: “puedo aprender”, “puedo intentarlo”, “si no sé hacerlo, puedo pedir ayuda”.
Y eso es seguridad.

A veces queremos cuidar tanto su autoestima que terminamos protegiéndole demasiado
Cuando queremos a nuestros hijos, nos cuesta verlos sufrir. Si pierde una partida, queremos que se sienta bien rápidamente. Si otro niño dibuja mejor, le decimos que su dibujo también es precioso. Si algo no le sale, intervenimos. Si está frustrado, intentamos eliminar cuanto antes la frustración.
Pero cuidar la autoestima no significa conseguir que nuestro hijo nunca se sienta mal.
La vida va a traerle momentos en los que perderá, se equivocará, alguien hará algo mejor que él, no será elegido para algo o descubrirá que necesita practicar muchísimo para conseguir lo que quiere. Nuestro trabajo no consiste en evitarle todas esas situaciones, sino en enseñarle que puede atravesarlas sin que su valor personal se venga abajo.
Si pierde un partido y está enfadado, no necesitamos correr a decirle “no pasa nada”. Para él sí está pasando algo. Podemos decirle: “Te ha dado mucha rabia perder”. Y después acompañar esa emoción sin convertir la derrota en algo terrible.
Si nos dice “Marcos dibuja muchísimo mejor que yo”, no hace falta responder inmediatamente “¡qué va, tú dibujas fenomenal!”. Podemos decir: “Te gustaría dibujar como él, ¿verdad? Hay cosas que salen mejor cuando las practicamos mucho”.
De esta manera no negamos lo que el niño percibe. Le ayudamos a entenderlo sin que eso signifique que vale menos.
Cuidado también con los elogios
Esto suele sorprender bastante porque durante años hemos asociado una buena autoestima con elogiar mucho a los niños. Y los elogios no son malos. El problema aparece cuando son constantes, generales y están centrados únicamente en resultados.
“Eres el mejor”, “eres súper listo”, “eres un campeón”, “eres buenísima dibujando”.
Puede parecer positivo, pero estas etiquetas también pueden convertirse en una presión. ¿Qué ocurre el día que nuestro “campeón” pierde? ¿O cuando la niña que siempre ha escuchado que es muy lista suspende un examen? Puede empezar a sentir que ha dejado de ser aquello por lo que recibía tanto reconocimiento.
Podemos cambiar ligeramente la forma de hablar.
En lugar de “eres súper listo”, podemos decir: “Has encontrado una manera diferente de resolverlo”.
En lugar de “qué dibujo tan perfecto”, podemos decir: “Veo que has estado mucho rato haciendo todos estos detalles”.
En lugar de “eres un campeón”, podemos decir: “Te daba miedo intentarlo y aun así lo has hecho”.
Así dejamos de centrar toda la atención en lo que el niño “es” y empezamos a valorar lo que hace, cómo aprende, cómo insiste y cómo va avanzando.
La manera en la que hablamos de sus errores también construye autoestima
Se le cae un vaso de agua y decimos: “Es que siempre estás igual”.
No parece una frase especialmente grave, pero cuando este tipo de mensajes se repiten muchas veces, pueden ir entrando en la forma en la que el niño se define.
Podemos hablar de lo que ha ocurrido sin etiquetarle.
En lugar de “eres un desastre”, podemos decir: “Se ha caído el agua, vamos a limpiarla”.
En lugar de “eres muy desordenado”, podemos decir: “Hay juguetes por todo el suelo y necesitamos recogerlos”.
En lugar de “eres muy llorón”, podemos decir: “Hoy estás llorando mucho, parece que esto te está costando”.
El comportamiento se puede corregir. Las normas se pueden mantener. Los límites siguen siendo necesarios. Pero podemos hacerlo sin transformar una conducta concreta en una identidad.
Un niño no “es malo” porque haya empujado. Ha empujado y necesita aprender otra forma de expresar lo que siente.
Un niño no “es torpe” porque algo se le haya caído.
Un niño no “es vago” porque un día no quiera ponerse con una tarea.
Cuanto más conseguimos separar al niño de la conducta, más fácil será que aprenda sin sentir que hay algo malo en él.
¿Qué hacemos cuando dice “soy tonto” o “no sirvo para nada”?
Lo primero que suele salirnos es negarlo.
“¡No digas eso! Tú eres súper listo.”
Pero imaginemos que el niño lleva veinte minutos intentando resolver algo y no consigue hacerlo. En ese momento él no necesita que le contradigamos sin más. Necesita que entendamos de dónde viene esa frase.
Podemos decir: “Estás muy frustrado porque llevas mucho rato y no te sale”.
Después podemos ayudarle a separar la dificultad de su valor personal: “Que esto te cueste no significa que seas tonto. Significa que todavía no sabes hacerlo”.
Y ahí aparece una palabra que me encanta trabajar con los niños: todavía.
“No sé hacerlo… todavía.”
“No me sale… todavía.”
“Me cuesta mucho… todavía.”
Ese pequeño cambio abre una puerta. No promete que todo vaya a salir bien, pero recuerda al niño que aprender es un proceso.
Las emociones también influyen muchísimo en la autoestima

En Aprende con Lumo trabajamos mucho esta parte porque un niño también construye su autoestima a partir de la relación que tiene con sus emociones.
Si aprende que llorar es de débiles, que tener miedo es de cobardes o que enfadarse está mal, puede empezar a sentir que hay partes de sí mismo que debería esconder.
Y eso también afecta a la imagen que va creando sobre quién es.
Necesitamos que pueda sentir tristeza sin pensar que hay algo malo en él, enfado sin sentirse “malo”, miedo sin avergonzarse y alegría sin miedo a expresarla.
Aquí Lumo puede ayudarnos de una manera muy sencilla. Podemos preguntarle: “¿Qué Lumo se parece hoy a cómo te sientes?”, “¿dónde notas esa emoción en el cuerpo?”, “¿qué crees que necesita ahora?”.
Cuando un niño aprende a identificar lo que siente y puede hablar de ello sin miedo a ser juzgado, empieza también a conocerse mejor. Y conocerse es una parte fundamental de una autoestima sana.
Entonces, ¿qué podemos hacer en casa?
Muchas veces menos cosas de las que pensamos.
Podemos darle pequeñas responsabilidades, permitirle hacer cosas solo aunque tarde más, escuchar su opinión, dejar que tome algunas decisiones adecuadas a su edad, validar sus emociones, evitar compararle constantemente con hermanos o compañeros y permitir que experimente pequeños errores sin solucionarlos inmediatamente.
También podemos revisar nuestro propio lenguaje.
En lugar de decir “yo sabía que tú podías”, quizá podemos decir: “Has seguido intentándolo aunque te estaba costando”.
En lugar de “no tengas miedo”, podemos decir: “Entiendo que te dé miedo. Vamos a pensar qué necesitas para sentirte más seguro”.
En lugar de “no llores”, podemos decir: “Veo que esto te ha dolido”.
Son pequeños cambios, pero el mensaje que recibe el niño es muy diferente.
No le estamos diciendo: “Tienes que ser fuerte”.
Le estamos diciendo: “Puedes sentir, equivocarte, aprender y seguir adelante”.
Y probablemente eso sea una de las bases más importantes de la autoestima.
Porque nuestro objetivo no debería ser criar niños que crean que pueden hacerlo todo. Debería ser ayudarles a crecer pensando que, cuando algo no les salga, podrán aprender; cuando se equivoquen, podrán repararlo; cuando tengan miedo, podrán pedir ayuda; y cuando otra persona haga algo mejor, eso no hará que ellos valgan menos.
La autoestima infantil no consiste en mirarse al espejo y pensar “soy el mejor”.
Consiste en poder mirarse, incluso en un mal día, y sentir:
“Hay cosas que me cuestan. Hay cosas que todavía estoy aprendiendo. A veces me equivoco. Y aun así sigo siendo valioso.”


