Llega la noche, termina el cuento, apagamos la luz y parece que por fin ha llegado el momento de dormir. Pero justo cuando vamos a salir de la habitación aparece la frase: “No te vayas, tengo miedo.”
A veces es miedo a la oscuridad. Otras veces aparece un monstruo debajo de la cama, un ruido que durante el día ni siquiera habría llamado su atención o la sensación de que algo puede ocurrir cuando se queda solo. Hay niños que llaman varias veces, otros salen continuamente de la habitación y algunos consiguen dormirse únicamente si uno de sus padres permanece junto a ellos.
Cuando esto ocurre noche tras noche es normal que las familias terminen cansadas y que aparezcan dudas: “¿Debería quedarme con él?”, “¿le estoy acostumbrando mal?”, “¿tengo que obligarle a dormir solo?”, “¿qué hago para que deje de tener miedo?”
Lo primero que necesitamos comprender es que el miedo forma parte del desarrollo infantil. No es una emoción que tengamos que eliminar. Su función es protegernos ante aquello que nuestro cerebro interpreta como una posible amenaza. El problema es que durante la infancia esa alarma puede activarse ante situaciones que para un adulto son completamente seguras.
La imaginación del niño está desarrollándose, todavía está aprendiendo a diferenciar determinados pensamientos de la realidad y, además, por la noche desaparecen muchas de las referencias que durante el día le proporcionan seguridad. Hay menos luz, menos ruido, menos actividad y más espacio para que aparezcan pensamientos, imágenes y preocupaciones.
Por eso decir simplemente “no tengas miedo” suele servir de bastante poco. El niño no ha decidido tenerlo. Tampoco necesita que confirmemos que existe un peligro, pero sí que le ayudemos a entender qué está sintiendo y a descubrir que puede sentirse seguro incluso cuando aparece el miedo.

Cuando nosotros no vemos ningún peligro, pero el niño sí siente miedo
Imaginemos que nuestro hijo nos dice que hay un monstruo en su habitación. Desde nuestra lógica adulta podemos responder rápidamente: “Los monstruos no existen, duérmete”. La información es correcta, pero quizá no responde a lo que realmente está ocurriendo.
Para el niño, la sensación corporal del miedo sí es real.
Puede notar el corazón más rápido, tensión en el cuerpo, un nudo en la barriga, ganas de esconderse bajo las sábanas o una necesidad enorme de estar cerca de nosotros. Su organismo se ha puesto en alerta aunque no exista un peligro real delante.
Por eso podemos cambiar ligeramente nuestra respuesta. En lugar de discutir inmediatamente sobre si aquello existe o no, podemos decir:
“Veo que eso te ha dado mucho miedo. Estoy aquí contigo y estás seguro.”
Estamos haciendo dos cosas al mismo tiempo: reconocemos su emoción y le transmitimos seguridad.
Esto es muy diferente de reforzar el miedo. Validar significa reconocer lo que siente, no confirmar aquello que imagina. No necesitamos revisar veinte veces debajo de la cama ni montar cada noche una operación para comprobar que no existe ningún monstruo, porque determinadas conductas de comprobación pueden terminar transmitiendo involuntariamente el mensaje de que quizá sí había algo que comprobar.
Podemos mirar una vez si eso ayuda al niño pequeño a cerrar el momento, pero después conviene regresar a un mensaje tranquilo y consistente: “Estamos seguros. Ahora nuestro cuerpo necesita descansar.”
Y aquí hay algo especialmente importante: nuestra propia forma de reaccionar también comunica seguridad. Si respondemos con nerviosismo, entramos y salimos continuamente o convertimos cada miedo nocturno en una situación enorme, el niño puede interpretar que realmente está ocurriendo algo preocupante.
No significa que tengamos que mostrarnos fríos. Significa acompañar desde la calma.
No queremos eliminar el miedo: queremos enseñarle qué hacer cuando aparece
A veces ponemos toda nuestra energía en conseguir que el niño deje de tener miedo. Sin embargo, un objetivo más realista y educativo sería ayudarle a pensar: “Tengo miedo, pero sé qué puedo hacer.”
Ese cambio es fundamental.
Podemos construir una rutina nocturna previsible, porque saber qué ocurrirá después aporta seguridad. Cena, higiene, cuento, abrazo, luz tenue y descanso. No es necesario crear rituales interminables. De hecho, cuanto más sencilla y estable sea la secuencia, más fácil será que el niño la interiorice.
También podemos preguntarle durante el día, cuando está tranquilo, qué cosas le ayudan cuando siente miedo. Quizá quiera dejar una pequeña luz encendida, abrazar un peluche, recordar una frase determinada o hacer tres respiraciones lentas.
El momento de hablar sobre el miedo no debería ser únicamente a las once de la noche cuando el niño está llorando. Durante el día tenemos una oportunidad muchísimo mejor para enseñarle.
Podemos preguntarle: “Cuando llega el miedo por la noche, ¿dónde lo notas?”
Quizá diga que en la barriga. O en el pecho. O que le tiemblan las piernas.
Después podemos ayudarle a reconocerlo:
“Entonces parece que tu cuerpo te está diciendo: cuidado, tengo miedo.”
Y continuar:
“¿Qué podríamos hacer para recordarle a tu cuerpo que estás seguro?”
Así empezamos a desarrollar algo mucho más importante que dormir solo una noche: conciencia emocional y recursos de regulación que podrá utilizar en muchas otras situaciones.
Lumo del Miedo: poner delante del niño aquello que todavía no sabe explicar
Aquí es donde Lumo puede convertirse en un recurso especialmente bonito.
El Lumo del Miedo, con su sol morado, representa esa emoción que a veces aparece cuando algo nos preocupa, nos parece peligroso o no sabemos qué va a ocurrir.
Podemos utilizar el peluche durante el día, fuera del momento de dormir, y empezar una conversación sencilla:
“¿Sabes qué? A Lumo también le visita el miedo algunas veces.”
Después podemos preguntar:
“¿Cuándo crees que aparece su miedo?”
“¿Dónde lo notará en su cuerpo?”
“¿Qué podría ayudarle a sentirse más seguro?”
Cuando hablamos primero de Lumo estamos creando una pequeña distancia emocional. Para algunos niños es mucho más fácil explicar qué podría sentir un personaje que responder directamente a “¿por qué tienes miedo?”
Y poco a poco podemos acercarlo a su propia experiencia:
“¿Tu miedo se parece alguna vez al de Lumo?”
Quizá entonces aparezca algo que hasta ese momento no había contado. “Me da miedo que entréis en vuestra habitación y yo me quede solo.” “Pienso que alguien puede entrar en casa.” “Cuando apagas la luz veo formas raras.” “Me acuerdo de algo que vi en un vídeo.”
El objetivo no es que el peluche haga desaparecer el miedo. Tampoco queremos convertirlo en un objeto imprescindible sin el cual el niño no pueda dormir. Lumo funciona como un canal para identificar, nombrar y hablar de la emoción.
Podemos incluso crear una pequeña frase con él:
“Cuando aparece el miedo, puedo contarlo. Mi cuerpo puede tranquilizarse y estoy acompañado.”
Con el tiempo buscamos que esa seguridad vaya pasando del adulto y del objeto hacia los propios recursos internos del niño.
Qué podemos hacer cuando nos llama cinco veces después de acostarse
Probablemente esta sea una de las partes más difíciles para las familias. Porque comprender el miedo es relativamente sencillo a las seis de la tarde; hacerlo después de varias noches durmiendo mal puede resultar bastante más complicado.
Necesitamos combinar acompañamiento y límites.
Si el niño nos llama porque tiene miedo podemos acudir, comprobar qué necesita y responder con tranquilidad. Pero no es necesario abrir una conversación de veinte minutos cada vez.
Podemos decir:
“Sé que está apareciendo el miedo. Estás seguro. Vamos a hacer nuestra respiración y ahora toca descansar.”
Un abrazo, una frase breve y volvemos a salir.
Si regresa podemos mantener aproximadamente el mismo mensaje. La consistencia ayuda mucho más que cambiar de estrategia cada noche.
También es importante evitar amenazas como “si vuelves a levantarte me voy a enfadar”, ridiculizar su miedo o utilizar comparaciones del tipo “tu hermano duerme solo desde pequeño”. El miedo acompañado de vergüenza no desaparece; simplemente puede hacer que el niño deje de contarnos lo que siente.
En cambio, tampoco necesitamos reorganizar toda la dinámica familiar alrededor del miedo. Acompañar no significa eliminar todos los límites. Podemos transmitir:
“Entiendo que quieras que me quede toda la noche. Voy a acompañarte un ratito y después dormirás en tu cama.”
La forma concreta de hacerlo dependerá de la edad, del temperamento del niño y de cómo se haya creado la rutina hasta ese momento. Si lleva meses necesitando que un adulto permanezca junto a él para dormirse, probablemente será más útil realizar cambios progresivos que intentar pasar de repente de acompañamiento completo a dejarlo solo toda la noche.

Hay algunas frases que ayudan mucho más que “no pasa nada”
Cuando aparece un miedo infantil muchas veces queremos tranquilizar tan rápido que terminamos negando la experiencia. “No pasa nada”, “eso es una tontería”, “ya eres mayor”, “no seas miedoso”.
Podemos sustituirlas por mensajes que transmiten comprensión y seguridad: “Entiendo que te haya asustado”, “estoy contigo”, “ahora estamos seguros”, “vamos a ayudar a tu cuerpo a tranquilizarse” o “mañana podemos hablar más de ese miedo.”
También podemos enseñarle una estrategia muy sencilla: observar, nombrar y actuar.
Primero: “Ha aparecido el miedo.”
Después: “Lo noto en mi cuerpo.”
Y finalmente: “¿Qué puedo hacer para sentirme seguro otra vez?”
Respirar, abrazar a Lumo, encender durante un tiempo una pequeña luz, llamar al adulto si realmente lo necesita o recordar que aquello que está imaginando no está ocurriendo en ese momento pueden formar parte de sus recursos.
No buscamos que recite los pasos perfectamente. Queremos repetirlos suficientes veces para que poco a poco empiece a reconocerlos.
El miedo también puede estar contándonos algo
No todos los miedos nocturnos tienen el mismo origen. A veces forman parte de una etapa evolutiva normal. Otras veces aparecen después de haber visto una película, una imagen o un vídeo que el niño todavía no puede procesar bien. También pueden aumentar en periodos de cambios, separación, comienzo del colegio, conflictos familiares o situaciones que generan mayor inseguridad.
Por eso merece la pena escuchar antes de intentar solucionar.
Preguntar “¿qué es lo que más te preocupa cuando apagamos la luz?” puede ofrecernos mucha más información que preguntar constantemente “¿por qué tienes miedo?”.
Y hay ocasiones en las que conviene pedir orientación profesional. Especialmente si el miedo es muy intenso y persistente, afecta significativamente al sueño, provoca un gran malestar durante el día, impide al niño realizar actividades habituales o aparece acompañado de otras señales importantes de ansiedad.
No porque sentir miedo sea un problema, sino porque cada niño puede necesitar un acompañamiento diferente.
Dormir solo no es el verdadero aprendizaje
A veces medimos el éxito únicamente así: “Ya duerme solo.”
Pero detrás puede estar ocurriendo un aprendizaje mucho más profundo.
El niño está descubriendo que puede sentir una emoción intensa sin que esa emoción signifique necesariamente que existe un peligro. Está aprendiendo a reconocer las señales de su cuerpo, poner palabras a lo que le ocurre, pedir ayuda cuando la necesita y utilizar poco a poco sus propios recursos para recuperar la calma.
Quizá hoy necesite que nos quedemos cinco minutos.
Mañana quizá abrace al Lumo del Miedo y recuerde nuestra frase.
Más adelante podrá decir:
“Me ha dado miedo ese ruido, pero creo que ha sido la ventana.”
Ese pequeño cambio representa muchísimo.
Porque el objetivo de la educación emocional no es conseguir niños que nunca tengan miedo. El miedo seguirá apareciendo muchas veces a lo largo de su vida.
Queremos ayudarles a crecer sabiendo:
“Puedo sentir miedo, puedo hablar de él y puedo aprender a sentirme seguro otra vez.”
Y cuando un niño aprende eso, no estamos trabajando únicamente una noche de sueño. Estamos construyendo una herramienta emocional que podrá acompañarle durante muchos años.



