Educación emocional en casa y en el colegio

Trabajar las emociones en casa y en el cole: por qué es tan importante hacerlo juntos

Un niño no deja sus emociones en la puerta del colegio cuando entra por la mañana.

Puede llegar contento, nervioso, enfadado porque ha discutido en casa, triste porque echa de menos a alguien o preocupado por algo que todavía no sabe explicar bien. Y cuando vuelve a casa por la tarde ocurre exactamente lo mismo: se trae todo lo que ha vivido durante el día.

Por eso hablar de educación emocional únicamente en casa o únicamente en el colegio se queda corto.

Los dos lugares más importantes en la vida de un niño son, precisamente, su familia y su escuela. Y cuando en ambos espacios aprende a identificar lo que siente, ponerle nombre y encontrar formas adecuadas de expresarlo, estamos construyendo algo mucho más importante que conseguir que “se porte bien”.

Estamos ayudándole a conocerse.

Las emociones también se aprenden

A veces pensamos que los niños aprenderán solos a gestionar lo que sienten conforme vayan creciendo.

Pero saber qué hacer con el enfado, tolerar una frustración, expresar tristeza, pedir ayuda cuando aparece el miedo o reconocer que estamos nerviosos son habilidades que también necesitan aprendizaje.

Un niño pequeño puede sentir una emoción con muchísima intensidad y no tener todavía palabras ni recursos para manejarla.

Puede empujar cuando está enfadado.

Puede llorar porque está frustrado.

Puede quedarse completamente callado cuando siente vergüenza.

Puede decir que le duele la barriga cuando en realidad está preocupado.

No lo hace porque quiera complicarnos el día.

Muchas veces simplemente todavía no sabe qué está ocurriendo dentro de él.

Ahí empieza la educación emocional.

Primero le ayudamos a reconocer:

“Parece que estás enfadado.”

Después a entender:

“Querías seguir jugando y te ha dado mucha rabia tener que parar.”

Y poco a poco podemos enseñarle qué hacer con esa emoción:

“Puedes estar enfadado, pero no podemos pegar. Vamos a buscar otra forma de expresarlo.”

Ese proceso necesita repetirse muchísimas veces.

Y cuanto más coherente sea entre casa y colegio, más sencillo será para el niño integrarlo.

En el colegio también se aprende mucho más que matemáticas y lengua

Los niños pasan una parte enorme de su día en el colegio.

Allí aprenden a esperar turnos, compartir espacios, perder juegos, trabajar en grupo, escuchar un “no”, relacionarse con otros niños, afrontar pequeños conflictos y separarse durante unas horas de sus figuras de referencia.

Es decir, el colegio está lleno de experiencias emocionales.

Pensemos en un día cualquiera.

Un amigo no quiere jugar con él.

No sabe responder una pregunta delante de la clase.

Pierde una partida.

Le corrigen un ejercicio.

Tiene que esperar su turno.

Otro niño tiene algo que él quiere.

Se enfada porque quiere ser el primero.

Todo eso son oportunidades maravillosas para aprender educación emocional.

No hace falta esperar a que haya un gran problema.

De hecho, cuanto más trabajemos las emociones en los momentos pequeños, más recursos tendrá el niño cuando aparezcan situaciones difíciles.

Y en casa continúa el aprendizaje

En casa ocurre algo parecido.

Las emociones aparecen al despertarse, al apagar la televisión, al vestirse, al hacer deberes, cuando un hermano utiliza un juguete, cuando llega la hora de dormir o cuando los planes no salen como esperaba.

Muchas veces pensamos que trabajar las emociones significa sentarse delante del niño y preguntarle:

“¿Cómo te sientes?”

Pero la educación emocional ocurre muchísimo más en la vida cotidiana.

Ocurre cuando nuestro hijo se enfada porque tenemos que irnos del parque y en lugar de decirle “no te pongas así” podemos decir:

“Sé que querías quedarte más tiempo. Da mucha rabia cuando tenemos que parar algo que nos gusta.”

O cuando llega triste del colegio y, antes de buscar una solución rápida, le damos espacio para contar qué ha ocurrido.

También ocurre cuando nosotros mismos decimos:

“Hoy estoy un poco nerviosa, así que voy a respirar y hacer las cosas más despacio.”

Los niños no solo aprenden lo que les explicamos.

Aprenden muchísimo observando lo que hacemos nosotros con nuestras propias emociones.

Cuando casa y colegio hablan el mismo idioma emocional

Aquí está una de las claves.

Imaginemos que en clase un niño aprende que puede decir:

“Estoy enfadado.”

Que puede buscar un espacio para calmarse.

Que puede pedir ayuda.

Que una emoción no es una excusa para hacer daño.

Y después llega a casa y encuentra el mismo mensaje.

Ese aprendizaje se refuerza.

El niño comienza a comprender que aquello no es simplemente “una actividad que hicimos en el colegio”.

Es una herramienta para la vida.

Por eso es tan interesante que familias y centros educativos puedan compartir recursos, vocabulario y formas de acompañamiento.

Si en el colegio hablan de emociones, podemos continuar en casa.

“Hoy, ¿qué emoción apareció más?”

“¿Hubo algún momento en el que te enfadaste?”

“¿Qué hiciste?”

Y si en casa trabajamos una determinada estrategia, podemos compartirla con el colegio cuando sea necesario.

No se trata de que todos los adultos reaccionen exactamente igual.

Se trata de que exista una cierta coherencia en los mensajes principales.

Puedes sentir.

Puedes hablar de lo que te ocurre.

Podemos ayudarte.

Y sentir algo no significa poder hacer cualquier cosa.

Poner nombre a lo que sentimos cambia mucho las cosas

Cuando un niño aprende palabras emocionales, empieza a poder explicar mejor su mundo interno.

No es lo mismo sentir simplemente “algo raro” que poder decir:

“Estoy nervioso.”

“No estoy enfadado, estoy decepcionado.”

“Me ha dado vergüenza.”

“Me da miedo equivocarme.”

“Estoy triste porque no han querido jugar conmigo.”

Cuanto más preciso sea el vocabulario emocional del niño, más posibilidades tendrá de pedir aquello que necesita.

Por eso en Aprende con LUMO utilizamos los colores y los distintos Lumos como apoyo visual.

El niño puede empezar por algo muy sencillo:

“Hoy me siento como el Lumo del Enfado.”

Y desde ahí podemos seguir preguntando.

“¿Qué ha ocurrido?”

“¿Dónde notas ese enfado en el cuerpo?”

“¿Qué necesita ahora tu Lumo?”

El color ayuda a hacer visible algo que, para un niño, puede resultar muy abstracto.

Y poco a poco deja de necesitar únicamente el color y empieza a desarrollar su propio lenguaje emocional.

Trabajar las emociones no significa evitar los conflictos

Esto también es importante.

La educación emocional no consigue que los niños dejen de enfadarse, discutir o frustrarse.

Y tampoco debería ser ese el objetivo.

Los niños van a enfadarse.

Van a sentir celos.

Van a tener miedo.

Alguna vez gritarán.

Habrá conflictos entre amigos.

Y existirán momentos en los que no sepan reaccionar bien.

Educar emocionalmente significa utilizar también esas situaciones para aprender.

Después de un conflicto podemos preguntarnos:

“¿Qué ocurrió?”

“¿Qué sentiste?”

“¿Qué hiciste con ese enfado?”

“¿Cómo crees que se sintió el otro?”

“¿Qué podemos hacer ahora?”

Así ayudamos al niño a pasar poco a poco de la reacción impulsiva a la reflexión.

Y eso necesita tiempo.

Mucha práctica.

Y adultos que acompañen sin esperar resultados inmediatos.

No hay que esperar a que exista un problema para hablar de emociones

Este es probablemente uno de los errores más habituales.

Empezamos a buscar recursos emocionales cuando nuestro hijo tiene muchas rabietas, cuando empieza a pegar, cuando tiene miedo de ir al colegio o cuando notamos que algo no marcha bien.

Pero la educación emocional debería comenzar antes.

Cuando todo va bien.

Cuando estamos jugando.

Cuando contamos un cuento.

Cuando vemos una película.

Podemos preguntar:

“¿Cómo crees que se siente este personaje?”

“¿Qué habrá pasado para que esté así?”

“¿Qué podría ayudarle?”

Ese tipo de preguntas entrenan algo fundamental: la capacidad de observar emociones propias y ajenas.

Y cuanto más familiarizado esté el niño con este lenguaje en momentos tranquilos, más fácil será utilizarlo cuando aparezca una emoción intensa.

¿Qué podemos hacer en casa y en el cole?

No necesitamos convertir cada día en una clase sobre emociones.

Podemos incluir pequeños hábitos.

En casa, por ejemplo, podemos dedicar unos minutos al final del día a contar qué momento nos hizo sentir alegría, enfado, tristeza o sorpresa.

En el colegio podemos utilizar cuentos, juegos, situaciones reales del aula, actividades en grupo o recursos visuales para hablar de cómo nos sentimos.

También podemos crear pequeños espacios de calma que no funcionen como castigo, sino como lugares donde el niño pueda bajar la intensidad de una emoción.

Y algo muy importante: los adultos podemos empezar a nombrar nuestras propias emociones de una manera adecuada.

“Estoy un poco frustrado porque esto no me ha salido.”

“Necesito un momento para tranquilizarme.”

“Antes estaba enfadada y te he hablado demasiado fuerte. Lo siento.”

Ese ejemplo cotidiano enseña muchísimo.

El objetivo no es que controle siempre sus emociones

Un niño de cuatro, cinco, seis o siete años no tiene la capacidad de regulación emocional de un adulto.

Su cerebro sigue desarrollándose y seguirá necesitando acompañamiento durante muchos años.

Por eso el objetivo no es conseguir un niño que siempre esté tranquilo.

Ni uno que nunca llore.

Ni uno que gestione perfectamente todas sus emociones.

El objetivo es que, poco a poco, vaya aprendiendo a preguntarse:

“¿Qué me está pasando?”

“¿Qué estoy sintiendo?”

“¿Qué puedo hacer con esto?”

“¿Necesito ayuda?”

Y para que algún día pueda responderse esas preguntas solo, durante la infancia necesita que nosotros se las hagamos muchas veces.

En casa.

En el colegio.

En el parque.

Después de una discusión.

Durante un cuento.

En los días fáciles y también en los complicados.

Porque educar emocionalmente no consiste en añadir una asignatura más.

Consiste en enseñar al niño a entender una parte de sí mismo que le acompañará durante toda su vida.

Y cuando familia y colegio trabajan en la misma dirección, ese aprendizaje se vuelve todavía más fuerte.

Porque aprender a leer y escribir es fundamental. Pero aprender a entender lo que sentimos, expresarlo y relacionarnos con los demás también forma parte de crecer.

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