Cómo ayudar a un niño que llora por todo

Mi hijo llora por todo: por qué pasa y cómo ayudarle sin decirle “no llores”

“Llora por cualquier cosa.” Porque se ha roto una galleta, porque tenemos que irnos del parque, porque su hermano ha cogido un juguete, porque no encuentra sus zapatos, porque ha perdido, porque algo no le ha salido como quería o porque le hemos dicho que hoy no puede ver más dibujos. Y cuando estas situaciones se repiten muchas veces durante el día es normal que los adultos terminemos cansados y nos preguntemos: “¿Por qué mi hijo llora por todo?”

A veces incluso nos preocupa que sea demasiado sensible, que no sepa enfrentarse a las dificultades o que estemos haciendo algo mal al consolarle. Entonces aparecen frases muy habituales: “No llores”, “no es para tanto”, “por eso no se llora”, “venga, que no ha pasado nada”. Normalmente las decimos porque queremos ayudarle a sentirse mejor. Sin embargo, el llanto infantil no siempre necesita desaparecer rápidamente. Muchas veces necesita ser comprendido.

Porque hay algo importante que debemos tener claro: llorar no es una emoción. El llanto es una forma de expresión y puede aparecer acompañado de tristeza, pero también de enfado, miedo, frustración, vergüenza, cansancio, nervios o saturación. Dos niños pueden estar llorando exactamente igual y estar sintiendo cosas completamente diferentes.

Por eso, en lugar de quedarnos únicamente con “otra vez está llorando”, puede ser mucho más útil preguntarnos: ¿qué emoción hay detrás de este llanto y qué está intentando comunicarme?

Cuando algo pequeño para nosotros es enorme para ellos

Imaginemos que nuestro hijo lleva diez minutos intentando construir una torre y justo cuando coloca la última pieza se cae. Empieza a llorar desconsoladamente. Nosotros sabemos que puede volver a construirla y quizá pensamos: “No entiendo cómo puede ponerse así por una torre”.

Pero para él la situación puede tener otro significado. Había puesto esfuerzo, tenía una expectativa y de repente el resultado no ha sido el que esperaba. Lo que está sintiendo quizá no sea tristeza, sino una gran frustración.

O imaginemos que tenemos que irnos de casa de sus abuelos y empieza a llorar. Nosotros pensamos que mañana volverá a verlos. Él está viviendo una despedida que no quería.

El tamaño de la emoción no siempre coincide con el tamaño que los adultos damos al problema.

Esto no significa que tengamos que convertir cada pequeño contratiempo en un acontecimiento enorme. Significa que podemos reconocer lo que está ocurriendo sin ridiculizarlo.

En lugar de:

“Por eso no se llora.”

podemos decir:

“Querías muchísimo que te saliera y te ha dado mucha rabia que se cayera.”

O:

“Te lo estabas pasando muy bien y no querías marcharte.”

No estamos dramatizando. Estamos ayudándole a conectar una situación con una emoción.

Y ese aprendizaje será mucho más útil que conseguir que deje de llorar cuanto antes.

¿Por qué algunos niños lloran más que otros?

Los niños no reaccionan todos igual ante las mismas situaciones. Hay diferencias de edad, temperamento, sensibilidad, desarrollo del lenguaje, capacidad de regulación y experiencias previas. Algunos expresan rápidamente lo que sienten llorando y otros tienden a gritar, apartarse, quedarse callados o buscar contacto físico.

También debemos mirar el contexto. Un niño cansado puede llorar por algo que en otro momento habría solucionado sin dificultad. Lo mismo ocurre cuando tiene hambre, ha pasado muchas horas rodeado de estímulos, ha tenido un día complicado en el colegio o lleva acumulando pequeñas frustraciones.

A veces el llanto que aparece porque el vaso no es del color que quería no tiene demasiado que ver con el vaso. Ese ha sido simplemente el último elemento después de un día emocionalmente intenso.

Por eso conviene evitar etiquetar:

“Es que es un llorón.”

“Llora por todo.”

“Es demasiado sensible.”

Las etiquetas pueden hacer que una conducta termine convirtiéndose en parte de cómo el niño se ve a sí mismo. Es mucho más útil pensar: “Está aprendiendo a expresar y regular emociones que todavía le desbordan.”

Además, la capacidad para manejar emociones intensas no aparece de repente. Se desarrolla durante años. Los adultos podemos nombrar lo que sentimos, anticipar consecuencias, esperar y utilizar estrategias aprendidas. Un niño todavía está construyendo muchas de esas habilidades.

Qué hacer cuando empieza a llorar

Cuando un niño está llorando intensamente solemos querer razonar con él demasiado pronto.

“Pero piensa…”

“Te he explicado que…”

“Si sigues llorando no…”

En plena activación emocional puede tener muy poca capacidad para escuchar una explicación larga. Primero necesita recuperar algo de calma.

Podemos acercarnos, mantenernos disponibles y utilizar frases sencillas:

“Estoy aquí.”

“Veo que esto te ha afectado mucho.”

“Cuando estés preparado hablamos.”

Si quiere contacto podemos abrazarle. Si necesita algo de espacio, podemos respetarlo sin abandonarle emocionalmente. Cada niño tiene una forma diferente de regularse y parte del aprendizaje consiste precisamente en descubrir qué le ayuda.

Y algo muy importante: acompañar el llanto no significa cambiar el límite que lo ha provocado.

Si está llorando porque quiere otra chocolatina, podemos decir:

“Entiendo que querías otra y te ha enfadado que te diga que no. Hoy no vamos a comer más.”

Las dos cosas pueden coexistir.

Su emoción tiene espacio.

El límite continúa.

Esta es una diferencia fundamental. Si cada vez que llora cambiamos nuestra decisión, puede aprender que el llanto modifica el límite. Pero si cada vez que llora respondemos con dureza para evitar “ceder”, puede aprender que sus emociones molestan.

Podemos encontrar un punto intermedio: empatía sin renunciar al límite.

LUMO: no todos los llantos son tristeza

Esta entrada es perfecta para trabajar algo muy importante con los Lumos. Cuando vemos llorar a un niño es fácil pensar automáticamente en Lumo de la Tristeza, de color azul, pero no siempre será el que está presente.

Cuando el niño ya se haya tranquilizado podemos colocar varios peluches delante y preguntarle:

“Cuando estabas llorando, ¿qué Lumo crees que había aparecido?”

Quizá escoja al Lumo de la Tristeza.

Pero quizá señale al Lumo del Enfado, con su sol naranja, porque no quería aceptar un límite.

O al Lumo del Miedo, con su sol morado, porque algo le había asustado.

Puede incluso escoger dos.

“Estaba enfadado porque no me dejabas ir y también triste porque quería quedarme.”

Ahí estamos enseñando que el llanto es solamente lo que vemos desde fuera. Por dentro pueden estar ocurriendo muchas cosas.

Después podemos seguir explorando:

“¿Dónde lo notabas en tu cuerpo?”

“¿Qué necesitabas?”

“¿Qué podrías hacer la próxima vez cuando ese Lumo aparezca?”

No necesitamos hacer estas preguntas cada vez que llora. LUMO no debe convertirse en un interrogatorio emocional. Podemos utilizarlo en momentos tranquilos para ayudarle a construir vocabulario y reconocimiento emocional.

Con el tiempo buscamos que pueda pasar de:

“¡No!” + llanto

a:

“Estoy muy enfadado porque quería quedarme.”

El llanto quizá siga apareciendo. Pero ahora estará acompañado de palabras.

Y eso ya es un avance enorme.

No le digas “no llores”, pero tampoco necesitamos alargar el llanto

Normalizar el llanto no significa convertirlo en el centro de toda la situación. Podemos acompañar sin dramatizar.

Hay niños que después de llorar unos minutos están preparados para continuar. En ese momento no necesitamos seguir preguntando constantemente:

“¿Seguro que estás bien?”

“¿Ya no estás triste?”

“¿Quieres hablar más?”

Quizá simplemente quiera volver a jugar.

Las emociones aparecen, alcanzan cierta intensidad y cambian. Uno de los mensajes más tranquilizadores que podemos transmitir es precisamente ese: lo que sientes ahora no durará para siempre.

También podemos modelarlo nosotros. Si algo nos frustra podemos decir:

“Me ha dado mucha rabia que esto no saliera como quería. Voy a parar un momento y después lo vuelvo a intentar.”

El niño aprende observando que los adultos también sentimos emociones y que no necesitamos esconderlas ni reaccionar impulsivamente ante ellas.

Eso sí: modelar no significa volcar nuestros problemas emocionales sobre el niño. Se trata de mostrar de manera sencilla cómo identificamos y manejamos pequeñas emociones cotidianas.

¿Y si llora para conseguir algo?

Esta pregunta aparece muchísimo.

A veces un niño aprende que determinadas conductas provocan determinadas respuestas en los adultos. Puede llorar con más intensidad cuando comprueba que en ocasiones eso hace que cambiemos de opinión. Eso forma parte del aprendizaje.

Pero incluso en esas situaciones no necesitamos entrar en una lucha sobre si el llanto es “de verdad” o “de mentira”.

Podemos mantener el mensaje:

“Sé que quieres muchísimo eso. Mi respuesta sigue siendo no.”

No hace falta enfadarnos porque llore.

Tampoco hace falta convencerle de que deje de hacerlo.

El límite se mantiene y nosotros permanecemos disponibles.

Con el tiempo aprende algo muy importante: puedo expresar mi malestar, pero no siempre voy a conseguir aquello que quiero.

Esa es tolerancia a la frustración.

Ayudarle no significa solucionar todo por él

Cuando tenemos un hijo que llora con facilidad podemos empezar a anticiparnos para evitarle cualquier dificultad. Le ayudamos antes de que lo intente, hacemos que gane, hablamos por él, evitamos situaciones nuevas o intentamos eliminar cualquier frustración.

Lo hacemos para protegerle.

Sin embargo, los niños también necesitan pequeñas experiencias en las que algo no salga bien y puedan descubrir:

“Me ha costado, he llorado un poco y después he podido continuar.”

Podemos estar disponibles sin resolver inmediatamente.

Si no consigue montar algo:

“Veo que te está costando. ¿Quieres probar otra vez o necesitas ayuda?”

Si pierde:

“Te ha dado mucha rabia perder. Cuando estés preparado podemos seguir.”

Si tiene miedo:

“Entiendo que te dé miedo. Vamos a pensar qué te ayudaría a intentarlo.”

Poco a poco el niño descubre que sentir una emoción intensa no significa que no pueda afrontar la situación.

¿Cuándo conviene observar un poco más?

Llorar forma parte de la infancia y por sí mismo no es una señal de que exista un problema. Sin embargo, conviene prestar más atención cuando el llanto es muy intenso y frecuente durante largos periodos, parece aumentar claramente respecto a lo habitual, afecta significativamente al colegio, las relaciones o las actividades del niño, aparece acompañado de cambios importantes en el sueño, alimentación o comportamiento, o el niño muestra un malestar emocional persistente.

También debemos observar si evita continuamente situaciones por miedo a llorar, si parece incapaz de recuperar la calma incluso con acompañamiento o si expresa pensamientos preocupantes sobre sí mismo.

En esos casos puede ser útil consultar con un profesional que pueda valorar la situación de manera individual.

No todos los niños que lloran mucho necesitan ayuda profesional. Pero tampoco debemos quedarnos únicamente con “es muy sensible” cuando existen otras señales que merece la pena comprender.

No queremos enseñarle a dejar de llorar

Quizá el cambio más importante sea precisamente este.

Nuestro objetivo no debería ser criar a un niño que nunca llore.

Queremos criar a un niño que un día pueda decir:

“Estoy llorando porque estoy triste.”

Otro día:

“Estoy llorando porque estoy muy enfadado.”

Y quizá más adelante:

“Necesito un minuto porque estoy frustrado.”

Al principio nosotros tendremos que prestarle nuestras palabras. Después utilizará los Lumos para reconocer lo que ocurre. Poco a poco irá construyendo sus propios recursos.

Habrá días en los que siga llorando por algo que desde nuestra perspectiva parece pequeño. Y quizá podamos recordar que nuestro trabajo no es decidir si su emoción merece existir.

Nuestro trabajo es enseñarle a comprenderla.

Porque detrás de un “mi hijo llora por todo” muchas veces hay un niño que todavía está aprendiendo algo enorme: qué siente, por qué lo siente y qué puede hacer cuando una emoción le llena por dentro.

Y quizá la próxima vez que aparezcan las lágrimas podamos cambiar el habitual “no llores” por una pregunta mucho más útil:

“Veo que esto te ha hecho sentir mucho. ¿Quieres que descubramos juntos qué Lumo ha aparecido?”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Información básica sobre protección de datos Ver más

  • Responsable: Laura Roselló Lara.
  • Finalidad:  Moderar los comentarios.
  • Legitimación:  Por consentimiento del interesado.
  • Destinatarios y encargados de tratamiento:  No se ceden o comunican datos a terceros para prestar este servicio. El Titular ha contratado los servicios de alojamiento web a https://www.hostinger.es que actúa como encargado de tratamiento.
  • Derechos: Acceder, rectificar y suprimir los datos.
  • Información Adicional: Puede consultar la información detallada en la Política de Privacidad.

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos y para mostrarte publicidad relacionada con sus preferencias en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos de navegación. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos.
Privacidad