Cómo ayudar a un niño a gestionar la envidia

“¡No es justo!”: qué hay detrás cuando tu hijo se enfada porque otro tiene algo que él quiere

“¿Por qué él tiene uno y yo no?”

“¡Yo también lo quiero!”

“¡No es justo!”

“Pues el suyo es más bonito que el mío.”

Puede pasar con un juguete, con un regalo, con una nota, con la habitación de un hermano o incluso porque otro niño ha sido elegido primero para algo. De repente, aquello que hasta hace un momento le gustaba deja de parecer suficiente porque ha visto algo en otra persona que también desea para él.

Y ahí suele aparecer una emoción de la que hablamos bastante poco con los niños: la envidia.

La palabra tiene tan mala fama que muchas veces intentamos cortarla enseguida:

“Eso es ser envidioso.”

“Tú tienes muchas cosas.”

“Deberías alegrarte por él.”

Pero sentir envidia no convierte a un niño en egoísta ni en una mala persona. La envidia es una emoción humana y puede ofrecernos información muy interesante: nos señala algo que deseamos, valoramos o nos gustaría conseguir.

La clave no está en impedir que aparezca. Está en ayudar al niño a comprender qué le está diciendo y qué puede hacer con ella.

“Yo también lo quiero”: ¿qué está sintiendo realmente?

Imaginemos que su hermano recibe una bicicleta nueva por su cumpleaños.

Nuestro hijo mira la suya, que hasta ayer le encantaba, y dice:

“Pues la mía es horrible.”

Puede que incluso se enfade con su hermano.

Desde fuera podemos pensar: “Pero si tiene bicicleta. ¿Por qué no puede estar contento por él?”.

Porque en ese momento el cerebro del niño no está haciendo una lista de todo lo que posee. Está mirando algo que desea y comparándolo con lo que tiene.

La envidia suele aparecer precisamente ahí: otra persona tiene, consigue o vive algo que yo también quiero.

Puede tratarse de un objeto:

“Quiero sus zapatillas.”

Pero también de algo muchísimo menos visible:

“Quiero que mamá me mire como le está mirando a él.”

“Quiero jugar tan bien como ella.”

“Quiero que me inviten.”

“Quiero que la profe también me felicite.”

Por eso, si nos quedamos únicamente con “quiere otro juguete”, podemos perdernos lo que realmente hay detrás.

A veces la envidia habla de un deseo. Otras veces habla de inseguridad, necesidad de reconocimiento o ganas de sentir que también somos importantes.

La envidia también se siente en el cuerpo

Un niño puede no decirnos:

“Estoy sintiendo envidia.”

Probablemente diga:

“Es injusto.”

“No me gusta.”

“Yo quiero uno.”

O empiece a criticar aquello que tiene el otro.

Pero su cuerpo también puede darnos pistas. Puede aparecer tensión, enfado, calor, ganas de quitarle aquello al otro, de protestar o de conseguirlo inmediatamente.

Y junto a la envidia pueden aparecer otras emociones.

Puede haber enfado porque él también lo quería.

Puede aparecer tristeza porque siente que se ha quedado fuera.

Incluso vergüenza si empieza a pensar que él tiene menos o es peor.

Por eso no siempre necesitamos apresurarnos a corregir lo que dice.

Podemos empezar simplemente con:

“Veo que te ha molestado mucho que él tenga eso.”

Después:

“¿Tú también querías tenerlo?”

Ya estamos poniendo palabras sin juzgar.

Lumo de la Envidia: una emoción que también puede enseñarnos algo

Aquí el Lumo de la Envidia puede convertirse en una herramienta muy bonita.

Cuando haya pasado el momento de mayor intensidad podemos coger el peluche y decir:

“Creo que hoy ha aparecido Lumo de la Envidia. ¿Qué crees que quería contarte?”

Quizá el niño diga:

“Que yo también quería ese juguete.”

Perfecto.

Podemos seguir:

“¿Y qué era lo que más te gustaba?”

Quizá descubrimos que no quiere exactamente el objeto. Quiere poder hacer lo mismo que su amigo.

O podemos preguntar:

“¿Te ha pasado porque querías tenerlo o porque te ha dado pena no recibir tú también algo?”

Estamos enseñándole a mirar un poquito más allá de la primera reacción.

El peluche ayuda a que la conversación no empiece con:

“No seas envidioso.”

Sino con:

“Ha aparecido una emoción. Vamos a entender qué nos está diciendo.”

Ese cambio es enorme.

Porque el niño aprende que puede hablar de una emoción incómoda sin sentir que hay algo malo en él.

Sentir envidia no significa que tenga que conseguirlo

Esta parte es fundamental.

Validar la envidia no significa comprarle aquello que desea.

Podemos decir:

“Entiendo que quieras una bici como la de tu hermano. Te ha encantado y te gustaría tenerla.”

Y después:

“Ahora no vamos a comprar otra.”

La emoción tiene espacio.

La realidad también.

De hecho, aquí aparece un aprendizaje muy importante: puedo querer algo sin tener que conseguirlo inmediatamente.

Y también podemos ayudarle a convertir esa emoción en información.

Si envidia a un compañero porque dibuja muy bien, podemos preguntar:

“¿Te gustaría aprender a dibujar así?”

Si siente envidia porque alguien sabe montar en bicicleta:

“¿Quieres practicar más?”

La envidia puede pasar de:

“Quiero lo que tiene él.”

a:

“Eso me gustaría a mí también. ¿Qué puedo hacer?”

No siempre habrá algo que hacer, claro. Hay cosas que simplemente no tendremos. Y aprender a tolerarlo también forma parte de crecer.

No comparemos para intentar que lo valore

Cuando un niño protesta porque quiere algo que tiene otro, a veces respondemos:

“Pues hay niños que no tienen nada.”

Aunque intentemos fomentar gratitud, normalmente no ayuda demasiado en ese momento.

Tampoco suelen funcionar frases como:

“Tu hermano sí se alegra por ti.”

“Deberías estar contento con lo que tienes.”

El niño puede terminar sintiendo envidia y además culpa por sentirla.

Podemos enseñarle a valorar lo suyo en otro momento, sin utilizar la situación de otra persona para avergonzarle.

Por ejemplo:

“Entiendo que te guste muchísimo su juguete. Y también podemos pensar qué cosas de las tuyas disfrutas tú.”

Las dos ideas pueden convivir:

Me gusta lo que tiene otro y puedo seguir valorando lo que tengo.

Un pequeño ejercicio LUMO: “Lo quiero… ¿pero qué quiero exactamente?”

Cuando aparezca la envidia, y siempre después de recuperar la calma, podemos utilizar tres preguntas:

1. ¿Qué tiene esa persona que tú también quieres?

“Una bici nueva.”

2. ¿Qué es lo que realmente te gusta de eso?

“Que puede ir muy rápido.”

3. ¿Hay algo que podamos hacer con ese deseo?

“Podemos practicar más con la mía.”

A veces la respuesta será:

“No podemos hacerlo ahora.”

Y también está bien.

Podemos decir:

“Entonces podemos sentir que nos gustaría tenerlo sin que eso signifique que tenemos que conseguirlo.”

Es un aprendizaje enorme para la infancia… y probablemente también para muchos adultos.

No queremos niños que nunca sientan envidia

Queremos niños capaces de reconocer:

“Me da envidia porque yo también quería eso.”

Sin necesidad de insultar al otro.

Sin quitarle lo que tiene.

Sin pensar que sentirlo les convierte en malas personas.

Hoy quizá diga:

“¡No es justo!”

Más adelante podrá coger al Lumo de la Envidia y decir:

“Creo que estoy sintiendo esto porque quiero lo que tiene él.”

Y algún día quizá llegue incluso a algo mucho más complejo:

“Me da un poco de envidia que le haya salido tan bien, pero también me alegro por él.”

Eso es educación emocional.

No eliminar una emoción incómoda, sino ayudar al niño a comprenderla y descubrir qué información le está dando sobre sí mismo.

Porque la envidia no siempre viene a decirnos:

“Quiero quitárselo.”

Muchas veces simplemente nos está diciendo:

“Hay algo ahí que yo también deseo.”

Y cuando un niño aprende a escuchar ese mensaje sin hacerse daño ni hacérselo a los demás, la emoción deja de ser un problema y empieza a convertirse en una oportunidad para conocerse mejor.

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