Cómo ayudar a tu hijo a disfrutar de las pequeñas cosas

A veces pensamos en la alegría como algo que aparece cuando ocurre algo grande: un cumpleaños, un regalo, una excursión, unas vacaciones o un plan especial. Y sí, claro que todo eso puede hacernos felices. Pero durante la infancia hay un aprendizaje precioso que también podemos acompañar: descubrir que la alegría puede aparecer en momentos muchísimo más sencillos.

Una canción que le encanta en el coche. Preparar unas tortitas juntos. Encontrar una piedra con una forma curiosa. Reírse con su hermano. Saltar en un charco. Que alguien le espere a la salida del colegio. Terminar algo que le estaba costando. Acurrucarse en el sofá para leer un cuento.

No necesitamos llenar cada tarde de actividades para que un niño tenga una infancia feliz. De hecho, cuando continuamente buscamos sorprender, entretener o preparar el siguiente plan, podemos acabar transmitiendo sin querer la idea de que para pasarlo bien siempre tiene que ocurrir algo especial.

Y la alegría también se educa.

No porque tengamos que enseñar a un niño a estar contento todo el tiempo —eso no sería realista ni saludable—, sino porque podemos ayudarle a reconocer cuándo aparece la alegría, disfrutarla y darse cuenta de qué cosas le hacen sentir bien.

La alegría también se nota en el cuerpo

Cuando hablamos de educación emocional solemos prestar mucha atención al enfado, el miedo o la tristeza. Es lógico: son las emociones que normalmente generan más dificultades en casa.

Pero también merece la pena hablar de las emociones agradables.

Podemos preguntar:

“¿Cómo sabes que estás contento?”

Quizá nos diga que tiene ganas de saltar, que sonríe, que siente mucha energía o que quiere contárselo a todo el mundo.

Otros niños describirán una alegría mucho más tranquila.

Porque la alegría no siempre significa estar dando saltos. También puede sentirse como bienestar, ilusión, satisfacción o ganas de compartir algo con alguien.

Ayudar al niño a darse cuenta de estos momentos desarrolla su conciencia emocional igual que cuando aprendemos a reconocer el enfado o el miedo.

Lumo de la Alegría: “¿qué te ha hecho brillar hoy?”

Aquí podemos utilizar de una forma muy bonita a Lumo de la Alegría, con su sol amarillo.

No hace falta montar una actividad complicada. Al final del día podemos coger el peluche y preguntar:

“¿Qué cosa pequeñita te ha hecho sentir alegría hoy?”

Quizá diga:

“Que Lucas me ha dejado jugar.”

“Que hemos comido macarrones.”

“Que he terminado mi dibujo.”

“Que has venido tú a buscarme.”

Y quizá algún día diga:

“Nada.”

También está bien.

No necesitamos obligarle a encontrar algo positivo cada día ni convertirlo en un ejercicio de gratitud forzada. Hay días malos. Hay días aburridos. Hay días en los que predominan otras emociones.

Lumo puede servir simplemente para abrir una conversación, no para decirle al niño cómo debería sentirse.

Otro juego sencillo puede ser pensar juntos dónde apareció la alegría:

“¿La notaste en la barriga?”

“¿Te entraban ganas de reír?”

“¿Querías contármelo enseguida?”

Así vamos conectando situación, cuerpo y emoción.

Cuidado con intentar que todo sea extraordinario

Vivimos rodeados de estímulos. Juguetes, pantallas, planes, cumpleaños cada vez más preparados, actividades, viajes, premios…

Y no hay nada malo en disfrutar de todo eso.

El problema aparece cuando el niño necesita cada vez más estímulo para disfrutar.

Podemos dejar espacio para tardes normales.

Una merienda.

Un paseo.

Jugar con cajas.

Dibujar.

Aburrirse un rato y después inventar algo.

No tenemos que convertir todos los fines de semana en “el mejor fin de semana de su vida”.

Parte de aprender a disfrutar consiste también en desarrollar la capacidad de encontrar bienestar en lo cotidiano.

Podemos enseñar alegría con nuestro propio ejemplo

Los niños aprenden muchísimo observándonos.

Si nosotros únicamente mostramos entusiasmo ante cosas grandes, probablemente ellos también irán asociando la alegría con grandes acontecimientos.

Pero podemos verbalizar pequeños momentos:

“Qué gusto este ratito contigo.”

“Me encanta cuando nos reímos así.”

“Qué bien se está aquí con el sol.”

“Me ha hecho mucha ilusión que me dieras ese dibujo.”

No estamos dando una lección.

Simplemente estamos poniendo palabras a una experiencia emocional.

Y eso les ayuda a descubrir que la alegría también puede estar en algo tan pequeño como compartir una conversación.

Disfrutar no significa estar contento siempre

Este punto es importantísimo.

Ayudar a un niño a reconocer la alegría no significa buscar el lado positivo de todo.

Si está triste porque ha perdido algo importante para él, no necesitamos decir:

“Bueno, piensa en todas las cosas buenas que tienes.”

Si está enfadado:

“Venga, sonríe.”

No.

Cada emoción necesita su espacio.

Lumo de la Alegría no tiene que aparecer para hacer desaparecer al Lumo de la Tristeza, al del Miedo o al del Enfado.

Un niño puede haber tenido una mañana complicada y después disfrutar muchísimo jugando.

Puede estar triste porque echa de menos a alguien y alegrarse porque ha venido un amigo.

Las emociones pueden convivir.

Y ese también es un aprendizaje precioso.

Una dinámica muy sencilla: “Las tres cosas pequeñas”

De vez en cuando, en la cena o antes de dormir, podemos jugar a decir tres pequeñas cosas que nos han gustado del día.

No tienen que ser impresionantes.

“Me ha gustado el bocadillo.”

“Me he reído en el recreo.”

“Me ha gustado que me abrazaras.”

Los adultos también participamos.

Así evitamos que parezca un interrogatorio dirigido únicamente al niño.

Incluso podemos hacer que Lumo de la Alegría “elija” una de esas cosas y preguntar:

“¿Cuál crees que ha hecho brillar más su sol amarillo hoy?”

Es una manera sencilla y divertida de enseñar a prestar atención a los momentos agradables sin convertirlo en una obligación.

Una infancia feliz no necesita estar llena de momentos perfectos

Nuestros hijos también van a aburrirse, enfadarse, frustrarse, tener días malos y decir alguna vez que todo les parece horrible.

Forma parte de crecer.

No tenemos que conseguir que valoren absolutamente todo ni que estén agradecidos permanentemente.

Podemos enseñarles algo mucho más realista:

la vida está llena de emociones diferentes y, entre ellas, también hay pequeños momentos que merece la pena disfrutar.

Quizá un día sea un regalo enorme.

Pero otro día será una canción en el coche, un abrazo inesperado o diez minutos jugando juntos en el suelo.

Y cuando un niño aprende a reconocer esos momentos, no estamos enseñándole simplemente a “ser feliz”.

Estamos ayudándole a descubrir algo que podrá acompañarle siempre:

que la alegría no necesita ser enorme para ser importante.

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