Niño aprendiendo a gestionar la necesidad de ser siempre el primero con Lumo

Mi hijo quiere ser siempre el primero: qué hay detrás de esa necesidad y cómo ayudarle

Quiere ser el primero en llegar al coche, el primero en entrar por la puerta, el primero en elegir, el primero en terminar de comer y, por supuesto, el primero cuando juega. Si otro niño corre más rápido, se enfada. Si su hermano consigue algo antes, protesta. Si pierde una carrera que nadie había planteado como carrera, parece que el mundo se viene abajo.

Y llega un momento en el que muchas familias se preguntan:

“¿Por qué necesita ganar siempre?”

A veces interpretamos rápidamente este comportamiento como competitividad, egoísmo o dificultad para aceptar que los demás también pueden destacar. Sin embargo, detrás de esa necesidad de ser siempre el primero pueden existir muchas cosas diferentes. Para algunos niños ganar significa sentirse capaces; para otros, recibir atención; otros todavía están aprendiendo a tolerar la frustración y hay niños que han empezado a relacionar ser los primeros con una idea mucho más profunda: “si gano, valgo”.

Por eso el objetivo no debería ser convencer al niño de que ganar no importa. Es normal disfrutar cuando conseguimos algo, sentir orgullo cuando mejoramos y querer ganar una partida. Lo que necesitamos evitar es que su bienestar dependa continuamente de ocupar el primer lugar.

Queremos ayudarle a descubrir que puede disfrutar cuando gana, sentirse decepcionado cuando pierde y seguir estando bien consigo mismo en ambos casos.

¿Por qué algunos niños necesitan ser siempre los primeros?

Durante la infancia se está construyendo poco a poco la percepción que el niño tiene de sí mismo. Empieza a compararse, descubre que hay cosas que hace mejor y otras que todavía le cuestan, observa qué consigue la atención de los adultos y comienza a entender cómo funciona el mundo social que le rodea.

Ser el primero puede convertirse en una forma sencilla de confirmar:

“Lo estoy haciendo bien.”

Si llego primero, soy rápido. Si termino antes, soy bueno. Si gano, soy capaz. Si la profesora me felicita, lo estoy haciendo bien.

El problema aparece cuando el niño empieza a necesitar constantemente esa confirmación externa. Entonces dejar de ser el primero no se vive simplemente como “otro ha llegado antes”, sino como una pequeña amenaza a la imagen que tiene de sí mismo.

También puede haber una cuestión evolutiva. Los niños pequeños todavía están desarrollando habilidades como esperar, aceptar turnos, flexibilizar expectativas y comprender que otra persona pueda conseguir algo antes sin que eso les quite nada a ellos.

En otras ocasiones, la necesidad de ser primero se ha ido reforzando sin que nadie lo pretendiera. Quizá hemos celebrado muchísimo cada victoria, hemos preguntado frecuentemente “¿quién ha ganado?” o hemos convertido situaciones cotidianas en competiciones para conseguir que el niño haga algo: “A ver quién llega primero al baño”, “a ver quién recoge más rápido”, “a ver quién termina antes”.

Utilizar estas estrategias alguna vez no supone ningún problema, pero si demasiadas situaciones terminan convirtiéndose en una carrera, el niño puede aprender que hacer algo rápido o hacerlo antes que los demás tiene un valor especial.

Y entonces empieza la competición incluso cuando nadie está compitiendo.

Cuando no ser el primero provoca una gran explosión

Imaginemos que estamos caminando hacia casa y el niño empieza a correr porque quiere llegar primero a la puerta. Su hermano llega antes.

Inmediatamente grita:

“¡No vale!”

“¡Has hecho trampas!”

“¡Otra vez!”

O empuja al hermano para intentar ponerse delante.

En ese momento encontramos dos cosas: una emoción y una conducta.

Puede sentir frustración, enfado, decepción o incluso vergüenza por no haber conseguido lo que esperaba. Todas esas emociones pueden ser aceptadas.

Lo que necesita un límite es la conducta.

Podemos decir:

“Querías llegar primero y te ha dado mucha rabia que llegara tu hermano. Puedes enfadarte, pero no puedes empujarlo.”

No necesitamos añadir un discurso enorme. Tampoco hace falta decirle inmediatamente “no pasa nada por ser segundo”, porque para él, en ese momento, sí está pasando algo importante.

Primero regulamos. Después enseñamos.

Cuando esté tranquilo podemos hablar sobre lo sucedido: “He visto que querías llegar primero muchísimo. ¿Qué sentiste cuando viste que había llegado él?”.

Quizá responda:

“Rabia.”

“Porque siempre gana.”

“Porque yo quería.”

O puede aparecer algo más interesante:

“Porque si no gano soy malo.”

Ahí tenemos una oportunidad enorme para trabajar.

Ser primero no debería convertirse en una medida de su valor

Hay mensajes que pronunciamos con muchísimo cariño pero que pueden terminar dando demasiado peso al resultado.

“¡Eres el mejor!”

“¡Siempre ganas!”

“¡Eres el número uno!”

No pasa nada por decirlos alguna vez. El problema aparece cuando el reconocimiento del niño gira principalmente alrededor de ser mejor que los demás.

Podemos ampliar nuestro lenguaje.

En lugar de centrarnos únicamente en dónde ha quedado, podemos observar el proceso:

“Te has esforzado mucho.”

“Antes te costaba y hoy has conseguido hacerlo.”

“Me ha gustado que siguieras intentándolo.”

“Has esperado tu turno aunque te costaba.”

“Hoy no has ganado, pero has seguido jugando.”

Esto último es especialmente importante. A veces celebramos muchísimo al niño cuando gana y apenas prestamos atención al enorme esfuerzo emocional que supone para él perder sin derrumbarse.

Si un niño que antes lanzaba las fichas consigue perder y decir solamente “jo, quería ganar”, ahí hay un aprendizaje enorme.

Merece ser reconocido:

“Sé que querías ganar y te ha dado rabia. Aun así has seguido jugando. Eso ha sido difícil.”

No estamos premiando perder. Estamos reforzando regulación emocional.

Lumo puede ayudarnos a descubrir qué aparece cuando otro llega primero

La necesidad de ganar no siempre es una emoción en sí misma. Detrás pueden aparecer varias.

Por eso LUMO puede ayudarnos mucho a investigar qué está sintiendo el niño sin asumirlo nosotros.

Podemos colocar algunos de los peluches emocionales delante de él después de una situación, cuando ya esté tranquilo, y preguntarle:

“Cuando tu hermano llegó primero, ¿qué Lumo apareció?”

Quizá elija al Lumo del Enfado, con su sol naranja.

Podemos continuar:

“¿Qué te decía ese enfado?”

Quizá conteste:

“Que quería ganar yo.”

Entonces podemos explorar:

“¿Y debajo había alguna otra emoción?”

Algunos niños pueden escoger tristeza. Otros pueden sentir vergüenza cuando pierden delante de alguien. En determinadas situaciones incluso puede aparecer envidia cuando otro consigue algo que ellos deseaban.

No necesitamos decirle qué debería sentir. La idea es ayudarle a descubrirlo.

Después podemos llevarlo al cuerpo:

“¿Cómo sabes que tu enfado estaba llegando?”

“Me apretaban las manos.”

“Quería correr más.”

“Tenía ganas de empujar.”

Y finalmente podemos pensar en una alternativa:

“¿Qué podría hacer Lumo cuando quiere ser primero pero otro llega antes?”

Así transformamos una situación cotidiana en aprendizaje emocional sin convertirla en un sermón.

No hace falta eliminar todas las competiciones

Competir también puede ser divertido.

Los juegos enseñan a respetar reglas, esperar turnos, esforzarse, manejar la incertidumbre y aceptar resultados. El problema no es competir. El problema aparece cuando cada actividad termina dependiendo de ganar.

Podemos seguir jugando a carreras, juegos de mesa o deportes, pero introduciendo experiencias diferentes.

Unas veces ganará él.

Otras nosotros.

Otras su hermano.

Y algunas actividades ni siquiera tendrán ganador.

Podemos construir juntos una torre, hacer un puzle, preparar una receta, dibujar algo entre todos o inventar una historia. Son actividades en las que el objetivo está en colaborar y no en descubrir quién lo hace mejor.

Alternar competición y cooperación ayuda al niño a experimentar formas diferentes de relacionarse con los demás.

También podemos evitar modificar constantemente los resultados para que gane. Si cada vez que intuimos que va a perder cambiamos las reglas, hacemos como que no hemos visto nuestra victoria o le dejamos llegar primero para evitar el enfado, estamos quitándole pequeñas oportunidades para practicar frustración en un entorno seguro.

No necesitamos provocar que pierda.

Pero tampoco necesitamos protegerle siempre de perder.

“Pero si no le dejo ganar, tenemos un drama”

Es comprensible. Después de repetir la misma situación veinte veces resulta tentador pensar: “Que gane y terminamos antes”.

Y seguramente alguna vez lo haremos.

Lo importante es que esa no se convierta en la única estrategia.

Podemos empezar por situaciones pequeñas. Juegos cortos, con resultados rápidos, donde perder no implique veinte minutos de esfuerzo. Antes de empezar podemos anticipar:

“En este juego puede ganar cualquiera. A veces ganarás tú y otras veces otra persona.”

Incluso podemos preguntarle:

“¿Qué podemos hacer si aparece el enfado porque no hemos ganado?”

No esperemos que recuerde perfectamente la estrategia cuando pierda. La regulación emocional se construye mediante repetición.

Al principio quizá necesite mucha ayuda.

Después menos.

Hasta que un día pueda perder sin que el adulto tenga que intervenir.

Evitemos compararle con hermanos y amigos

“Tu hermana no necesita ganar siempre.”

“Mira cómo Pablo sabe perder.”

“Tienes que aprender de tu primo.”

Estas comparaciones suelen aumentar exactamente aquello que queremos reducir.

Si un niño ya está preocupado por ocupar una posición respecto a los demás, compararlo refuerza todavía más la idea de que necesita medirse constantemente.

Podemos hablar únicamente de su proceso.

“Antes te enfadabas muchísimo cuando quedabas segundo. Hoy te ha molestado, pero has podido esperar.”

El punto de referencia empieza a ser él mismo, no otra persona.

Eso no significa eliminar cualquier comparación de la vida —los niños van a comparar de manera natural—, sino evitar utilizarla nosotros como forma de motivación o corrección.

También necesita aprender que ser rápido no siempre significa hacerlo mejor

Hay niños que quieren terminar los primeros incluso cuando la actividad no tiene ningún premio.

Hacen un dibujo rápidamente y preguntan:

“¿He terminado el primero?”

Acaban un ejercicio sin revisar.

Comen deprisa.

Recogen corriendo.

Aquí podemos cambiar poco a poco las preguntas.

En lugar de:

“¿Has terminado?”

podemos preguntar:

“¿Estás satisfecho con cómo te ha quedado?”

En lugar de:

“Has sido el primero.”

podemos decir:

“Cuéntame cómo lo has hecho.”

Estamos desplazando el foco desde la comparación hacia la propia experiencia.

Queremos que aprenda a preguntarse “¿cómo lo he hecho?”, “¿qué he aprendido?” o “¿he disfrutado?”, y no solamente “¿he sido mejor que los demás?”.

¿Cuándo deberíamos prestar un poco más de atención?

Querer ganar, competir o sentirse orgulloso por llegar primero entra dentro de experiencias normales durante la infancia.

Conviene observarlo con más detenimiento cuando la necesidad de ganar provoca un sufrimiento muy intenso y frecuente, cuando el niño evita cualquier actividad en la que pueda perder, abandona inmediatamente aquello que no domina, hace trampas continuamente, agrede cuando otro consigue algo o parece depender mucho de ser “el mejor” para sentirse bien consigo mismo.

También merece atención cuando aparece un miedo muy fuerte a equivocarse o frases frecuentes como “soy malo”, “no valgo” o “si no gano no quiero jugar”.

En esos casos quizá el verdadero problema no sea querer ser primero, sino lo que para ese niño significa no conseguirlo.

Y ahí puede ser útil comprender mejor qué necesidad existe detrás y, si el malestar es importante o persistente, valorar la orientación de un profesional.

No queremos quitarle sus ganas de ganar

Queremos que corra intentando llegar primero.

Que celebre cuando gana.

Que esté orgulloso cuando consigue algo difícil.

Que quiera mejorar.

Todo eso puede formar parte de un desarrollo saludable.

Lo que queremos enseñarle es que también hay lugar para el otro resultado.

“Hoy ha llegado primero otra persona.”

Y eso puede darle rabia.

Quizá aparezca el Lumo del Enfado.

Puede sentirlo en el cuerpo, decirlo y necesitar un momento.

Pero poco a poco descubrirá:

“No he sido el primero y sigo estando bien.”

Ese es el aprendizaje que buscamos.

Porque quizá hoy estemos hablando simplemente de quién llega antes a una puerta, pero mañana será una nota, una competición deportiva, un amigo que hace algo mejor, una oportunidad que recibe otra persona o un objetivo que necesita varios intentos.

No podemos garantizarle que siempre será el primero.

Podemos enseñarle algo mucho más valioso: que no necesita serlo para sentirse capaz, valioso y seguro de sí mismo.

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