Compartir, esperar, escuchar: todo lo que la amistad enseña en la infancia

La amistad en la infancia es mucho más que tener a alguien con quien jugar en el recreo. Los amigos se convierten, poco a poco, en uno de los primeros lugares donde un niño aprende a convivir con alguien que piensa distinto, quiere cosas diferentes y también tiene emociones, necesidades y límites propios.

Cuando un niño juega con otro no está aprendiendo únicamente a compartir juguetes. Está aprendiendo a esperar, negociar, escuchar, ceder algunas veces y defender lo que quiere en otras. Aprende que un amigo puede estar contento con él y enfadarse cinco minutos después, que a veces toca pedir perdón, que otras veces toca decir “esto no me ha gustado” y que querer a alguien no significa estar siempre de acuerdo.

Por eso la amistad en la infancia tiene un papel tan importante en el desarrollo emocional y social de los niños.

Muchas de las habilidades que utilizarán de adultos empiezan a entrenarse precisamente ahí, en algo tan sencillo como decidir quién empieza un juego o qué hacer cuando dos niños quieren el mismo coche.

Los primeros amigos también enseñan a convivir

Cuando son pequeños, las relaciones entre niños suelen girar mucho alrededor del juego. “Es mi amigo porque juega conmigo”, “hoy ya no es mi amigo porque no me ha dejado la pelota” o “ahora mi mejor amigo es Pablo porque se ha sentado conmigo” son frases completamente normales en determinadas edades.

La forma de entender la amistad va cambiando conforme el niño crece. Al principio, los amigos son principalmente compañeros de juego. Más adelante empiezan a aparecer la confianza, la lealtad, la intimidad, los secretos y una mayor preocupación por lo que siente el otro.

Pero desde los primeros años ya están ocurriendo aprendizajes importantísimos.

Imaginemos que dos niños quieren ser los primeros en bajar por el tobogán. Los dos se enfadan. Uno empuja al otro. El adulto podría limitarse a decir “hay que compartir”, pero en esa pequeña escena hay mucho más que trabajar.

Podemos ayudarles a poner palabras a lo que ocurre: “Los dos queríais bajar primero y os habéis enfadado. ¿Cómo podemos hacerlo para que los dos podáis jugar?”.

Ahí empiezan las habilidades sociales en los niños.

No surgen de memorizar frases bonitas sobre la amistad. Se desarrollan viviendo situaciones reales y teniendo adultos que les ayuden a entenderlas.

Compartir no significa tener que dejar siempre nuestras cosas

Este es un punto importante porque a veces confundimos educar para compartir con obligar al niño a prestar absolutamente todo.

“Déjaselo, hay que compartir.”

Pero compartir también necesita aprendizaje, tiempo y respeto.

Podemos enseñar a un niño a prestar, esperar y jugar junto a otros sin transmitirle que debe renunciar siempre a lo que está utilizando para ser “buen amigo”.

Si está jugando con algo, podemos decir: “Cuando termines, se lo puedes dejar a Marcos”.

Y al otro niño: “Ahora lo está utilizando él. Cuando termine será tu turno”.

Eso también es educación emocional.

Porque enseñamos generosidad, pero también límites.

Un buen amigo puede compartir y también puede decir: “Ahora estoy jugando yo”.

Esperar también forma parte de la amistad

Esperar turno parece una habilidad pequeñísima, pero requiere muchísimo autocontrol durante la infancia.

Cuando un niño espera, tiene que tolerar que otra persona haga algo antes que él. Tiene que manejar las ganas de interrumpir, coger el juguete o ser siempre el primero.

Y esto se aprende poco a poco.

Los juegos de mesa, los juegos por turnos, cocinar juntos o simplemente esperar para hablar mientras otro niño termina pueden convertirse en oportunidades maravillosas.

No necesitamos repetir constantemente “ten paciencia”.

Podemos acompañarlo con frases mucho más concretas:

“Ahora juega ella y después vas tú.”

“Sé que tienes muchas ganas. Estás esperando tu turno.”

De esta manera el niño empieza a reconocer algo importante: puedo querer algo mucho y aun así esperar.

Escuchar al otro también se aprende

Escuchar no significa solamente estar callado mientras otra persona habla.

Supone intentar entender qué quiere decir el otro, qué necesita o cómo se siente.

Esta capacidad está muy relacionada con la empatía infantil.

Si un amigo está llorando porque se ha caído, quizá al principio nuestro hijo simplemente lo mire. Eso no significa que no tenga empatía. Está aprendiendo qué hacer con las emociones de los demás.

Podemos ayudarle sin obligarle a realizar gestos que no le salen espontáneamente.

“Parece que se ha hecho daño. ¿Quieres preguntarle si está bien?”

O:

“Está triste porque se le ha roto su dibujo. ¿Qué crees que podría ayudarle?”

Estas preguntas permiten que el niño empiece a mirar más allá de sí mismo.

Y esa capacidad es fundamental para construir relaciones sanas.

Los buenos amigos también se enfadan

A veces hablamos de amistad como si los buenos amigos nunca discutieran.

Nada más lejos de la realidad.

La amistad infantil está llena de pequeños conflictos.

“Me ha quitado la pelota.”

“Ha dicho que ya no quiere ser mi amigo.”

“No me ha dejado jugar.”

“Ha elegido a otro.”

“Me ha empujado.”

Estos momentos pueden preocupar mucho a las familias, pero también son oportunidades enormes de aprendizaje.

Los niños necesitan descubrir que un conflicto no significa necesariamente que una amistad se haya terminado.

Pueden enfadarse y después reparar.

Pueden decir lo que no les ha gustado.

Pueden escuchar al otro.

Pueden aprender a negociar.

Ahí aparece una habilidad que será importantísima toda la vida: resolver conflictos sin hacer daño.

Podemos ayudarles a pasar de un simple “pide perdón” a preguntas más interesantes:

“¿Qué ha ocurrido?”

“¿Cómo te sentiste?”

“¿Cómo crees que se sintió tu amigo?”

“¿Qué podéis hacer ahora para arreglarlo?”

Así la amistad se convierte también en un entrenamiento emocional.

Alegrarse por el otro tampoco siempre es fácil

Hay otro aprendizaje precioso que aparece en la amistad: descubrir que a veces algo bueno le pasa al otro y no a nosotros.

Nuestro amigo gana.

Le eligen primero.

Tiene un juguete nuevo.

Ha conseguido algo que nosotros queríamos.

Y ahí puede aparecer la alegría por él, pero también la envidia, la frustración o incluso el enfado.

Eso es completamente humano.

No necesitamos decir al niño:

“¡No seas envidioso!”

Podemos ayudarle a entender que pueden existir dos emociones a la vez.

“Te alegras porque tu amigo ha ganado, pero también te habría gustado ganar a ti.”

Este tipo de conversaciones enseñan muchísimo sobre las emociones.

Podemos querer a alguien y sentir envidia.

Podemos alegrarnos por él y estar decepcionados nosotros.

Una emoción no cancela la otra.

La amistad también ayuda a construir autoestima

Sentirse aceptado por otros niños puede tener un impacto muy positivo en la autoestima infantil.

Tener amigos con los que jugar, sentirse escuchado y formar parte de un grupo ayuda al niño a desarrollar sensación de pertenencia.

Pero aquí debemos tener cuidado.

Nuestro objetivo no debería ser que el niño mida su valor en función de cuántos amigos tiene.

Hay niños muy sociables y otros que prefieren uno o dos amigos cercanos. Hay niños que necesitan más tiempo para entrar en un grupo. Otros disfrutan muchísimo jugando solos durante ciertos momentos.

No existe una cantidad correcta de amigos.

Lo importante es que el niño vaya aprendiendo a crear relaciones en las que pueda sentirse respetado y también respetar a los demás.

No podemos elegir sus amigos por ellos

Como padres, alguna vez habrá amistades que nos gusten más y otras que nos generen dudas.

Es comprensible querer proteger.

Pero conforme los niños crecen también necesitan aprender a observar por sí mismos cómo les hace sentir una relación.

En lugar de decir directamente:

“Ese niño no te conviene.”

podemos preguntar:

“¿Cómo te sientes cuando juegas con él?”

“¿Puedes decir que no cuando algo no te gusta?”

“¿Te escucha cuando tú quieres proponer algo?”

“¿Podéis estar enfadados y después arreglarlo?”

Estas preguntas enseñan al niño a mirar la calidad de una relación, no solamente si alguien quiere jugar con él.

Porque parte de enseñar a los niños a ser buenos amigos consiste también en enseñarles a reconocer cuándo una amistad les hace sentir bien y cuándo necesitan poner límites.

¿Y si mi hijo es tímido o le cuesta hacer amigos?

No todos los niños entran corriendo en un grupo nuevo.

Algunos necesitan observar primero. Otros prefieren jugar con un solo niño. A otros les cuesta iniciar una conversación o acercarse a un grupo que ya está jugando.

No deberíamos confundir automáticamente timidez con un problema.

Podemos acompañar sin presionar.

En lugar de decir:

“Venga, ve a jugar.”

podemos ayudarle con algo más concreto:

“Si quieres jugar con ellos, puedes preguntar: ‘¿puedo jugar?’”.

También podemos facilitar encuentros con pocos niños, practicar situaciones mediante el juego o reconocer sus pequeños avances.

“Hoy te daba un poco de vergüenza y aun así le has preguntado si quería jugar contigo.”

Así aumentamos su confianza sin exigirle que se convierta en alguien que no es.

LUMO también puede ayudarnos a hablar de amistad

Las amistades despiertan muchísimas emociones diferentes.

Alegría cuando jugamos juntos.

Amor cuando sentimos cariño por un amigo.

Enfado cuando discutimos.

Tristeza cuando alguien no quiere jugar.

Miedo cuando pensamos que podemos perder una amistad.

Envidia cuando el otro consigue algo que queríamos.

Por eso podemos utilizar a LUMO para ayudar al niño a entender qué está ocurriendo dentro de él.

“¿Qué LUMO apareció cuando tu amigo eligió jugar con otra persona?”

“¿Qué emoción sentiste cuando te pidió perdón?”

“¿Qué crees que sintió él?”

Estas preguntas convierten una experiencia cotidiana en aprendizaje emocional.

No pretendemos analizar cada juego ni cada discusión.

Simplemente aprovechamos algunos momentos para ayudar al niño a entender sus relaciones.

Ser buen amigo no significa decir siempre que sí

Este aprendizaje me parece especialmente importante.

A veces transmitimos a los niños que ser amable significa ceder siempre, compartir siempre o evitar cualquier conflicto.

Pero una amistad sana también necesita límites.

Un niño puede decir:

“No quiero jugar a eso.”

“No me gusta que me empujes.”

“Ahora quiero jugar con otra persona.”

“Eso que has dicho me ha molestado.”

Y seguir siendo un buen amigo.

Enseñar amistad también significa enseñar respeto hacia el otro y hacia uno mismo.

La amistad es uno de los grandes entrenamientos emocionales de la infancia

Los niños no nacen sabiendo compartir, esperar, ponerse en el lugar del otro, manejar los celos, resolver conflictos o poner límites.

Todo eso se aprende.

Y gran parte de ese aprendizaje ocurre mientras juegan.

En el patio.

En el parque.

En una tarde en casa.

Durante una discusión por un juguete.

O en ese momento en el que un niño se acerca a otro y le pregunta:

“¿Quieres jugar conmigo?”

Parece una frase pequeña.

Pero detrás hay confianza, comunicación, empatía y deseo de conectar.

Por eso la amistad en la infancia no es solamente una parte bonita de crecer.

También es uno de los escenarios donde los niños empiezan a practicar las habilidades emocionales y sociales que les acompañarán durante toda su vida.

Y quizá nuestro papel como adultos no sea conseguir que nunca discutan, que compartan siempre o que tengan muchos amigos.

Quizá sea algo mucho más importante:

ayudarles a aprender a querer a los demás sin dejar de escucharse también a sí mismos.

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